#La Tramoya_Editorial: Hoy no es un buen día.

Convendremos que hoy no es un buen día.


Cuando un suceso como el de la tarde de ayer sacude a un país, se nos encoge a

todos el corazón y, supongo que igual que yo, te pasas varios días con la cabeza

en aquel lugar.



Tu cerebro —ese que en el día a día te convence de que estarás aquí para

siempre, el mismo que no contempla la posibilidad de que quizá este sea el último

momento de tu vida porque está programado para que te creas inmortal— de

pronto parece cobrar conciencia de algo que siempre estuvo ahí: no eres infinito.



Y no aparece el pánico. Aparece la claridad.



La sensación incómoda de darte cuenta de lo frágil que es todo. De lo fácil que es

pasar por encima de lo importante creyendo que habrá tiempo. De cómo vivimos

instalados en una prórroga permanente que nadie nos ha garantizado.



Esa inconsciencia es necesaria. Es la que nos permite levantarnos cada mañana,

hacer planes, discutir, enfadarnos, seguir. Pero, paradójicamente, también es la

que nos lleva a desperdiciar tiempo en conflictos que no dejan huella y a descuidar

a las personas que sí la dejan.



Noticias así no explican nada, pero ordenan mucho. Colocan cada cosa en su

sitio. Al menos durante unos días. Te recuerdan que el tiempo no se acumula, no

se guarda y no se recupera. Solo se comparte.



Y quizá hoy sea un buen día para bajar el volumen, aflojar el orgullo, alejarse de

discusiones estériles, porque a menudo “ganar” una pelea simplemente es perder

tiempo. Tiempo de vida.



Quizá hoy, sin grandes gestos ni frases memorables, simplemente baste con

cuidar un poco más a los tuyos. Con escuchar mejor. Con estar de verdad.



No sabemos cuánto dura el viaje. Pero sí sabemos que lo único que permanece es

cómo hicimos sentir a los demás mientras estuvimos aquí. Esa es nuestra

verdadera inmortalidad.



Y hoy, más que nunca, conviene no olvidarlo.


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