Tiempos raros_ Jueves 8 de Enero
Editorial La Tramoya_
Tiempos Raros- Jueves 8 de Enero 26
Vivimos días raros. No convulsos —eso ya lo hemos normalizado—, raros. Días en los que el mundo no se parece demasiado al de hace diez años, ni siquiera al de hace cinco. Cambió el decorado, cambió el guion y, sobre todo, cambió el ritmo.
Antes el miedo venía en titulares aislados. Ahora llega en notificaciones constantes. Guerras que se solapan, amenazas que se cruzan, discursos que se radicalizan y una polarización que ya no separa opiniones: separa personas. Todo es blanco o negro. Conmigo o contra mí. Like o cancelación.
A eso súmale la sensación de inseguridad. No solo la física —que también—, sino la vital. Trabajo, futuro, estabilidad. Nada parece sólido durante demasiado tiempo. Cuando empiezas a entender una cosa, ya ha cambiado otra.
Y en medio de todo esto, la inteligencia artificial. La gran promesa… y el gran vértigo. Herramientas que hacen en segundos lo que antes llevaba horas. Avances brutales, sí. Pero también la pregunta incómoda: ¿y ahora qué lugar ocupo yo?
No es miedo a la tecnología. Es miedo a no saber dónde encajas.
El problema no es que el mundo esté cambiando. El problema es que está cambiando sin pedirnos opinión. Y eso genera ansiedad, crispación y una nostalgia tramposa por un pasado que tampoco era tan perfecto, pero al menos conocíamos.
Ahora bien. Respiremos.
Porque, aunque no lo parezca, la humanidad ha pasado por momentos peores. Mucho peores. Con menos herramientas, menos información y menos margen de maniobra. Y aquí seguimos. Adaptándonos. Improvisando. Tirando para adelante, que es nuestro superpoder secreto.
Quizá la clave no esté en controlar el cambio —eso ya es imposible— sino en aprender a surfearlo. En elegir mejor a qué prestamos atención. En no vivir permanentemente enfadados con gente que ni conocemos. En recordar que detrás de cada pantalla sigue habiendo personas.
Y sí, la IA hará muchas cosas mejor que nosotros. Pero hay algo que no puede copiar: la capacidad de reírnos en mitad del caos. De improvisar. De abrazar. De equivocarnos con estilo.
Así que tranquilos. El mundo no se ha roto. Está en obras. Y como toda obra, hace ruido, levanta polvo y parece un desastre… hasta que un día te das la vuelta y dices: vale, ahora lo entiendo.
Mientras tanto, sigamos haciendo lo único que siempre ha funcionado: pensar, hablar, discrepar… y no perder el sentido del humor. Porque si algo está claro es que, pase lo que pase, esto no lo va a arreglar un algoritmo.
Comentarios
Publicar un comentario