#La Tramoya_Editorial: Juicio Popular

 Han aparecido denuncias sobre Julio Iglesias por presuntos abusos sexuales. 

Y lo digo desde el principio, sin rodeos ni ambigüedades: no estoy defendiendo a Julio Iglesias. No sé lo que hizo ni lo que no hizo, y no me corresponde a mí decidirlo.

Lo que sí me inquieta —y mucho— es la velocidad con la que como sociedad pasamos de la denuncia al linchamiento. 


Titular leído, opinión formada, sentencia emitida.Y a otra cosa.


Cuando nos lanzamos a hacer juicios prematuros pasan tres cosas, todas graves.

Primero, destruimos reputaciones que quizá nunca deban ser destruidas.

Segundo, banalizamos los abusos reales, porque todo acaba pareciendo ruido.

Y tercero, nos damos un poder que no tenemos: el de juez sin garantías.


Y no, esto no va de proteger a famosos ni de mirar hacia otro lado. 

Va de algo mucho más incómodo: defender la presunción de inocencia incluso cuando no apetece.


Porque investigar no es condenar. Escuchar no es sentenciar. Y creer en la justicia no significa desconfiar de las víctimas, sino evitar que el sistema se convierta en una plaza pública con antorchas y palos.


La presunción de inocencia no es un tecnicismo legal ni una coartada moral. Es una línea de defensa colectiva. Si mañana cualquiera puede ser culpable solo por ser señalado, entonces nadie está a salvo. Ni el famoso. Ni el anónimo. Ni tú.


La justicia puede ser lenta. Pero la justicia impulsiva es cruel.


Y una sociedad que confunde denuncia con condena no es más justa. Es simplemente más peligrosa.


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