#La Tramoya_Editorial: Lo de Irán

 Lo que está pasando en Irán con las protestas no es “un follón lejano”. Es el resultado de cuando un poder se cree dueño de la verdad.

Lo siguiente suele ser el miedo… y después, “la porra”.



Las cifras que están saliendo son durísimas: organizaciones de derechos humanos hablan de centenares de muertos y miles de detenciones en apenas dos semanas.Además, hay denuncias de uso de munición real, apagones de internet y represión sistemática.  



Y conviene señalar al verdadero culpable: el fanatismo.



Y es que el fanatismo es una forma de ignorancia, pero con esteroides. 

Es el “yo tengo razón” convertido en religión civil. 



No discute: sentencia. 

No convence: se impone. 

Y cuando se instala, todo lo demás se degrada: el lenguaje, la convivencia, la política… incluso la empatía.



Y lo de Irán nos pilla lejos, pero el fanatismo no.



Lo vemos en la política, cuando el rival deja de ser adversario y pasa a ser “enemigo”.



Lo vemos en el deporte, cuando animar se convierte en odiar y el escudo sirve de excusa para deshumanizar.



Lo vemos en los nacionalismos, cuando la identidad se transforma en frontera moral: “los míos” buenos, “los otros” sospechosos.

Y lo vemos, cómo no, en la religión cuando se usa como herramienta de control: no para elevar al ser humano, sino para doblegarlo.



Y aquí está la trampa: el fanático casi nunca se presenta como fanático. Se presenta como “defensor de valores”, “patriota”, “creyente auténtico”, “gente de bien”. Y mientras tanto va estrechando el pasillo por el que podemos convivir hasta que solo cabe su verdad.



Por eso Irán importa: porque nos recuerda a todos el final del camino cuando una sociedad no planta cara a tiempo. Cuando el miedo manda. Cuando pensar diferente se paga. Cuando protestar se castiga.



Oponerse al fanatismo no es postureo moral: es higiene democrática. Es decir “no” a la deshumanización, aquí y allí. Es defender una idea simple y muy peligrosa para los fanáticos: que nadie es el dueño de la verdad absoluta y que la libertad no se negocia.



Y termino con una cosa práctica: la batalla contra el fanatismo empieza en pequeño. 

En cómo hablamos del que no piensa como nosotros. En si preferimos entender o ganar. En si educamos para dudar o para obedecer.



Porque cuando una sociedad deja de pensar, siempre aparece alguien dispuesto a pensar por ella. 


Y eso, en Irán… y en cualquier sitio… suele acabar “regular”.


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