#La Tramoya_Editorial: Transporte público
Ayer leíamos en prensa que se siguen invirtiendo millones de euros en el metro. Estaciones nuevas, accesibles, resilientes. Todo muy siglo XXI. Todo muy nota de prensa.
Pero luego bajas al metro… y se acabó la magia.
El personal brilla, pero por su ausencia. ¿La frecuencia?, bueno, depende de con quien ciudad la compares, o mejor, con que década, pero he vivido en Madrid y he trabajado en Barcelona y lo nuestro, digamos que es muy “caribeño”. Y no olvidemos que aun hay uno de los mas importantes núcleos del extrarradio sin servicio, Xirivella, Aldaia, Alacuás…
Yo hago cada día el mismo trayecto y nunca, pero nunca, ¿eh?, funciona todo. O no va la escalera de subir, o no va la de bajar, o el panel informativo… o el metro, así, en general.
Ahora, eso si, si lo comparamos con los autobuses de extrarradio, los amarillos, la cosa se pone ya seria.
Yo estoy condenado a ser usuario de Fernanbus, “caneleta en rama oiga”.
Una app muy moderna que no señala la hora de llegada, si no que la sugiere. Yo he visto desaparecer autobuses en la app como aquel Boeing 777 de Malaysia Airlines.
Igual te pasan dos vehículos juntitos, es convoy , el primero lleno y el segundo con el conductor/a en soledad y el siguiente tres cuartos de hora después.
Pero lo hilarante es que desde el púlpito urbano nos aprietan el discurso wok: ciudades de 15 minutos, sostenibilidad, demonizar el coche, hostigar al conductor como si fuera el enemigo del planeta.
Muy bien. Pero ¿con qué alternativa?
Porque si me quitas el coche y me ofreces un transporte público escaso, imprevisible y mal gestionado, no es ecologismo: es tomadura de pelo.
Y a lo mejor toca decirlo sin rodeos: quizá no podemos permitirnos un transporte bonificado si eso significa aceptar que funcione mal. Porque pagar poco por un servicio horrible no es un logro social.
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