Propósitos 2026
Enero llega cada año con la misma coreografía: propósitos nuevos, agendas limpias y una fe casi infantil en que ahora sí.
Ahora sí voy al gimnasio.
Ahora sí ahorro.
Ahora sí cuido el tiempo, la cabeza y hasta el silencio.
Los objetivos de año nuevo son, en realidad, una auditoría emocional. Un cierre de ejercicio vital. Miramos el balance, detectamos desviaciones y prometemos corregirlas. El problema no es fijar metas. El problema es pensar que el calendario tiene poderes mágicos.
Porque el 1 de enero no cambia nada. Cambiamos —si acaso— nosotros. Y no por decreto, sino por desgaste, por aprendizaje o por puro hartazgo.
Aun así, los objetivos cumplen una función clave: nos recuerdan que queremos ser otra cosa. Mejor o, al menos, menos cansados de nosotros mismos. Y eso ya es algo. Aunque luego fallemos. Aunque abandonemos en febrero. Aunque el gimnasio vuelva a vernos en octubre “solo a informarnos”.
Hasta aquí, todo muy humano.
Lo interesante es que mientras millones de personas afinan sus pequeños propósitos —leer más, gritar menos, vivir mejor—, la política sigue funcionando justo al revés.
Sin propósitos.
Sin autocrítica.
Sin balance.
Ellos no prometen cambiar hábitos, prometen que cambies tú.
No revisan errores, los externalizan.
No fracasan: siempre es culpa del otro, del anterior, del contexto o del enemigo imaginario de turno.
La política nunca abandona sus malos hábitos. Los profesionaliza.
Polarizar, mentir, exagerar, simplificar… eso no se deja en febrero: eso se consolida como modelo de negocio.
Y aquí está la ironía final.
Mientras tú te propones ser mejor persona, la política se propone ser peor sin complejos.
Mientras tú quieres menos ruido, ellos necesitan más.
Mientras tú buscas soluciones, ellos viven del conflicto.
Así que quizá el objetivo más sensato de este año no sea ir al gimnasio ni aprender inglés.
Quizá sea algo más básico y más revolucionario:
no parecernos a ellos.
Pensar antes de gritar.
Dudar antes de repetir consignas.
Exigir sin fanatismo.
Y recordar que mejorar, en política y en la vida, empieza siempre por reconocer que algo no funciona.
Feliz año.
Y tranquilos: si fallamos, al menos que no sea como ellos.

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