El idioma de los Dioses_ #La Tramoya
Hoy es jueves, 28 de enero, y la verdad… no me apetece nada empezar mirando a la actualidad en el editorial.
Es que me aburre.
¿A ti no?
Así que hoy vamos a hacer otra cosa.
Aprovechando que es jueves —y que ya sabes que los jueves en La Tramoya
son música— en honor a aquella Cantera Musical que me cambió la vida, quiero
detenerme en algo que damos por hecho, que asumimos como normal, pero que
en realidad es profundamente mágico:
la música.
Quizá la asumimos como normal porque la música es más antigua que la
escritura. Ya había flautas hechas con huesos de ave y marfil de mamut hace
más de 40.000 años.
Es más: antes de nacer ya reaccionamos a la música. A partir de la semana 20
de gestación, el feto responde a sonidos y ritmos. Y los estudios muestran que
recién nacidos reconocen melodías escuchadas en el embarazo. Flipa.
De hecho, la memoria musical es de las últimas en perderse. En pacientes con
Alzheimer avanzado, canciones conocidas siguen activando recuerdos y
emociones cuando el lenguaje ya no responde.
Porque sí: la música activa mecanismos en nuestro cerebro que influyen
directamente en nuestro estado de ánimo y en cómo percibimos lo que nos
rodea.
Así que hagamos la prueba.
SUENA: Barber · Adagio for Strings, Op. 11 (40”)
Dime… ¿qué ha pasado?
¿Quién o qué te ha venido a la cabeza?
Ahora trata de mantener ese mismo pensamiento, esa misma persona.
Concéntrate… y escucha.
SUENA: Three Little Birds – Bob Marley & The Wailers (40”)
¿Ves lo que acaba de pasar?
No hemos cambiado la realidad.
No hemos cambiado el recuerdo.
No hemos cambiado a la persona, pero sí el contexto.
Y hablando de personas…
¿quién te viene ahora a la cabeza?
SUENA: Marcha Nupcial (20”)
Eso es la música. No como espectáculo, sino como herramienta emocional de
primer orden.
La música no te dice en qué pensar, pero sí cambia desde dónde piensas.
Por eso hoy no he querido empezar con titulares, bronca ni ruido. Hoy tocaba
agradecer.
A la música.
A quienes la hacen.
Y a quienes todavía la escuchan de verdad.
Porque mientras una canción siga siendo capaz de tocar algo ahí dentro, no todo
está perdido.
Ale… que suene la música.
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