23F_#La Tramoya

 



Ayer por la tarde, tomando café con Sofía - mi compañera -, me lanzó la pregunta ante la expectativa que se había despertado al anuncio de la desclasificación de archivos secretos del 23F: “¿Tú qué crees que pasó realmente aquel 23-F?”.


Y yo, que para estas cosas no suelo hacer malabares, le dije lo que pienso desde hace años: que mi versión es bastante parecida a la oficial. Que no necesito una novela de espías para entenderlo. Que aquello fue un intento real de involución, mal coordinado, con apoyos dispersos, con ruido en los cuarteles… y que fracasó porque no tuvo músculo suficiente ni respaldo institucional.


Sofía me escuchaba con atención, pero en la mesa de al lado había una pareja —señor y señora, café largo y gesto torcido— que nos miraba con cierto desdén. No hacía falta leerles los labios. Por sus expresiones intuí que mi versión no les entusiasmaba. Quizá esperaban una confesión en voz baja, una revelación conspirativa, algo que desmontara el relato de siempre.


Y es que hay algo casi entrañable en España: cada vez que se desclasifica algo del 23-F, media población espera encontrar el “giro de guion definitivo”. El documento que lo cambia todo. La prueba irrefutable. El papel amarillento que convierta la Transición en una serie de conspiraciones de sobremesa.


Y luego llegan los documentos.


Más de cien papeles. Informes, transcripciones, comunicaciones internas. Detalles. Contexto. Matices. Incluso sombras incómodas: participación de agentes, apoyos civiles, descoordinaciones, intentos de manipular relatos. Es decir, política real. Poder real. Ser humano real.


¿Pero cambia la versión estructural? No.


Y aquí aparece el reflejo ideológico automático. Una parte de la izquierda ansía encontrar en el Rey el villano definitivo de la Transición, la pieza que permita decir: “¿Veis? Todo fue una representación”. Y una parte de la derecha necesita conservarlo congelado en mármol, como el héroe incontestable que salvó la democracia sin una sola sombra.


Ni una cosa ni la otra.


Los documentos conocidos hasta ahora no convierten al Rey en el cerebro del golpe. Tampoco limpian la historia con lejía institucional. Lo que confirman es algo más sobrio y, por eso mismo, menos épico: el intento fue real, hubo actores que jugaron con fuego y la intervención institucional —con el Rey al frente— fue determinante para frenarlo.


¿Sigue siendo, a la luz de estos datos, la figura clave en la neutralización del golpe? Sí, dentro del marco histórico que manejamos. ¿Eso lo convierte en personaje intocable para el resto de su biografía? Evidentemente no. Mezclar planos es lo que suele intoxicar el debate.


El golpe fue un intento chapucero y peligroso de involución militar que bien podría haberlo perpetrado la T.I.A. de Mortadelo y Filemón. Fracasó, por suerte, por falta de cohesión y por la reacción institucional. Punto. No hay un documento nuclear que reescriba el esquema básico. Lo que hay es más textura., más barro y más complejidad.


Y eso es lo interesante.


Porque el problema en España no es la falta de información. Es la necesidad permanente de confirmar lo que ya creemos. Unos quieren una ópera bufa improvisada. Otros una conspiración maestra. Y cada nuevo papel se convierte en munición ideológica.


La realidad suele ser menos cinematográfica y más incómoda: hubo conspiradores, hubo apoyos tácitos, hubo servicios que sabían cosas y no siempre actuaron como deberían. Y también hubo una reacción que frenó el golpe. Las dos cosas pueden coexistir sin necesidad de convertir la historia en un cómic.


La desclasificación no dinamita la versión oficial. Pero sí recuerda algo que a veces olvidamos: las democracias no se sostienen por mitos inmaculados, sino por decisiones críticas en momentos límite.


¿Queríamos un escándalo definitivo? Pues no lo hay.

¿Queríamos más verdad? Sí. Y eso siempre incomoda.


Porque cuando levantas alfombras, no siempre encuentras un monstruo. A veces encuentras polvo. Y el polvo también cuenta la historia.

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