Ya no nos aburrimos _#La Tramoya
El lunes salí del dentista con la cara dolorida y la boca como Sylvester Stallone, con una recomendación muy clara: reposo.
¡Reposo! Esa es una palabra que suena antigua, como telégrafo, transistor… democracia.
Llegué a casa decidido a cumplir. Me senté en el sofá. Silencio absoluto. Sin llamadas. Sin reuniones. Tranquilo porque Sofía tenía preparado el programa.
Y entonces me di cuenta de algo inquietante: ya no me acuerdo de cómo se hace. Lo de aburrirse, digo.
Antes el aburrimiento era casi obligatorio. Te aburrías en verano, en el coche, en casa de tus abuelos. Mirabas el techo. Contabas baldosas. Pensabas. Imaginabas…
¿Te acuerdas esas tórridas tardes de verano con el Tour de Francia de fondo en la tele?… se hacían mas largas que un domingo sin fútbol.
Ahora, en cuanto el cerebro detecta un microsegundo libre, activa protocolo de emergencia: “¡Estimulación inmediata!”.
Y es que no sabemos estar en punto muerto. Nos da alergia el vacío. Hemos convertido el descanso en sospechoso. Como si parar fuera perder competitividad existencial.
¿No te da la sensación de que vivir se ha convertido en algo parecido a montar en bicicleta?, como que si dejas de pedalear te caes.
Y no, el problema no es que estemos ocupados. Es que estamos permanentemente estimulados. Confundimos actividad con avance y ruido con pensamiento.
El aburrimiento antes era terreno fértil. De ahí salían ideas, letras, llamadas importantes, decisiones que te cambiaban la vida. Ahora, en cuanto asoma el silencio, le tiramos encima una “manta” de entretenimiento como quien tapa una gotera con cinta americana.
Porque tú estás en el sofá, con la cara medio dormida por la anestesia, intentando no hacer nada… y abres Instagram “un momento”.
Error.
Ahí fuera todo el mundo está viviendo mejor que tú.
Uno entrena a las seis de la mañana.
Otro ha lanzado un proyecto nuevo.
Otro está en Bali “desconectando”.
Y tú estás intentando recordar cómo se hacía eso de mirar al techo.
Las pantallas no solo estimulan. Presionan.
No es ya el contenido.Es la sensación de que mientras tú paras, el mundo avanza. Que si no produces, te quedas atrás. Que si no publicas, desapareces. Que si no haces, no eres.
Y entonces el reposo deja de ser descanso. Se convierte en culpa.
Así que lo he decidido.
Se acabó.
Voy a recuperar el aburrimiento.
Voy a defenderlo, si.
Mas ratos muertos, mas silencio improductivo y mas mirar al techo como quien mira al futuro.
Porque el aburrimiento no es perder el tiempo.
Así que voy a reivindicar el punto muerto.
El descanso sin culpa y la pausa sin excusas.
Y lo proclamo aquí, solemnemente.
Pero… ya para la siguiente muela que me quiten porque este lunes, aprovechando el “reposo”, monté mi nueva web.
Sí. Reposo creativo, lo llamaremos.
Y ya que estamos, te la comparto:
Aburrirme, lo que se dice aburrirme… todavía no me sale.
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