Falla_ #La Tramoya


 El domingo es 1 de Marzo, y en Valencia el 1 de Marzo, ¿que es?:

1º de Fallas.


Y es que hay una edad en la que dejas de contar los años en números - “quince, dieciséis”- y empiezas a decir “las Fallas del 98”, “las mascletá 2001”, “las primeras con mi hijo”, “las últimas antes de cerrar la empresa”. Y ahí ya no hay vuelta atrás. Te has convertido oficialmente en valenciano sentimental.


Por que para el gran público son cuatro días de pólvora, ruido y turistas preguntando dónde está la paella auténtica. 


Para el fallero son meses de trabajo, casal, cuotas y discusiones eternas sobre si la crítica este año es más floja que la del anterior. 


Pero para la muchachada valenciana que crecimos aquí, las Fallas son otra cosa: son el marcador invisible de nuestra biografía.


Las fallas de la primera “pápa” que te agarraste, las de la primera vez que viste amanecer en la orilla del mediterráneo antes de almorzar en “La Pascuala”, o un chocolate con churros como neutralizante de la resaca,  la primera lipotimia en la previa de la mascletá, tus primeras quemaduras de 1º grado, los cientos de kilómetros “a pata” concentrados en 4 días , que si lo convalidaran con el camino de Santiago los valencianos tendríamos tres o cuatro. 

Las de tu primer beso, por que si, los Valencianos, ademas de “amores de verano”, también los tenemos de “Fallas”, cortitos, intensos, de 4 días. Y la joya de la corona, tu primer masclet en una mierda de perro. Si, todos lo hemos hechos, tu también.


Porque las Fallas, más que una fiesta, son una unidad de medida emocional. Los valencianos no archivamos la vida por décadas. La archivamos por monumentos plantados y quemados. Por ninots que nos hicieron reír. Por verbenas donde pasó algo que entonces parecía enorme y hoy apenas es una anécdota simpática. Por amores que empezaron un 15 de marzo y terminaron antes de que recogieran la ceniza.


Recuerdas las Fallas en las que ibas en grupo, sintiéndote mayor por primera vez. Las que marcaban tu estatus sentimental. Las que certificaban que habías cambiado de pandilla. Las que fueron un refugio cuando fuera todo iba regular. Las que celebraron que algo, por fin, iba bien.


Y hay algo profundamente educativo en eso. Las Fallas te enseñan, sin darte cuenta, que todo es efímero. Que lo que hoy parece gigantesco, mañana es humo. Que puedes invertir talento, tiempo y dinero en construir algo precioso… para prenderle fuego con orgullo. Que el ruido pasa, la crítica se consume y lo que queda es la experiencia compartida.


Es una metáfora potente, aunque no la expliquemos así en el casal. Plantar, exhibir, asumir el juicio público y quemar. Y al día siguiente, empezar otra vez. Eso, en el fondo, es madurar.


Por eso cuando alguien de fuera reduce las Fallas a “mucho petardo y poco más”, sonríes. No porque no tengan parte de razón sino porque no están viendo la capa íntima. La que no sale en las postales. La que solo entiende quien ha medido su vida en primaveras con olor a pólvora.


Al final, quizá esa sea la verdadera tradición valenciana: no la traca, ni el ninot, ni la banda. Sino esa forma casi poética de aceptar que el tiempo arde… y que, aun así, merece la pena construir algo nuevo cada marzo 20 de marzo.

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