Therian_ #La Tramoya
Therian… buff, ¿lo has visto? Hay chavales que se identifican como animales. Se llaman therian. No es broma. No es una metáfora poética. No es aquello de “soy un lobo solitario”. No. Es “soy un carnero en un cuerpo humano y necesito que lo respetes”.
Y claro, tú respiras hondo. Porque vivimos en la era en la que cualquier frase que empiece por “yo me identifico como…” obliga a la humanidad entera a cuadrarse y asentir. Democracia emocional: si alguien lo siente fuerte, se legisla flojo.
A ver, que si en tu casa quieres desplazarte reptando y seseando como una culebra, perfecto. Si decides que tu momento zen es pastar el césped del jardín con un rabo de peluche y una diadema con orejas, tú mismo.
Ahora bien.
Lo que me inquieta no es el chaval con cola de peluche. Lo que me inquieta es el adulto que le pone marco teórico. El adulto que, en lugar de decir “tranquilo - o tranquile - estás buscando tu sitio”, le dice: “sí, efectivamente, eres un “cérvido no binario atrapado en una estructura antropocéntrica”.
No se a ti, pero a mi me da la sensación de que hemos convertido la adolescencia —que siempre fue un festival de exageración, drama y disfraz— en una categoría filosófica permanente. Antes eras raro a los 15 y se te pasaba a los 20, a la vez que el acné.
Ahora eres raro, te abren un hilo en redes, te validan cinco influencers y ya tienes identidad consolidada, comunidad y merchandising.
Y cuidado, que aquí el problema no es el chaval. El chaval está haciendo lo que hemos hecho todos los chavales de la historia: probar límites, llamar la atención, experimentar… vamos, andar más perdido que un torero en el 15M. El problema es que los adultos hemos decidido que poner límites es “violencia simbólica”.
Nos da tanto miedo parecer intolerantes que hemos dejado de parecer sensatos.
Porque una cosa es acompañar. Y otra muy distinta es convertir cada impulso en dogma. No todo lo que uno siente es una verdad ontológica. A veces es simplemente una fase o una necesidad de pertenencia.
O simplemente una idiotez.
Puedo entender que vivimos en un mundo donde destacar es obligatorio. Si no eres extraordinario, no existes. El ser humano normal ya no cotiza. Pero de ahí a que, si ser persona no da likes, probemos con ser un samoyedo o un íbice alpino… no, hombre, no.
Pero si todo es identidad fluida y sagrada, ¿quién se atreve a decir “esto no tiene sentido”?, ¿quien le pone el cascabel al “gato” - nunca mejor dicho- ? Nadie. Porque cuestionar ahora es agredir.
Y entonces empezamos a adaptar el lenguaje, los espacios, el BOE… ¿qué va a ser lo próximo? ¿Señores “levantando la pata” en las esquinas? ¿Señoras ronroneando por las discotecas anunciando que están en “celo”?
No es crueldad decir que algo es absurdo. Es responsabilidad adulta. Es sentido común.
A mí todo esto no me alerta por lo pintoresco. Me alerta por lo que revela: que estamos perdiendo la capacidad de distinguir entre respeto y rendición.
Respeto es dejarte jugar a ser pastor alemán.
Rendición es parar el tráfico en una autopista porque está cruzando un señor arrastrándose y babeando porque se “siente caracol”.
Ojo, que esto ha pasado.
Y cuando una sociedad deja de distinguir entre comprender y claudicar, no es que sea más empática. Es que ha perdido el manual de instrucciones.
Que está muy bien lo de dejar que cada uno explore su zoo interior, pero es que, como sigamos así, se nos va a llenar el Congreso de “¿cuervos?”.
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