Aquellas pequeñas cosas_ #La Tramoya
Es 11 de marzo.
Y cada vez que llega esta fecha siempre vuelvo mentalmente a Madrid.
Porque durante un tiempo viví allí, en Vallecas, y unos meses antes de los atentados de Atocha yo cogía cada mañana esos mismos trenes, a la misma hora y el mismo trayecto.
Y no digo esto porque piense que estuve cerca, nada más lejos de la realidad; me separa casi un año. Pero sí que este suceso, como tantos otros que vemos cada día, me recuerda lo frágil que en realidad es todo.
Vivimos como si el mañana estuviera garantizado. Como si el tiempo fuese una cuenta infinita.
Aplazamos llamadas, abrazos, planes.
Aplazamos incluso la felicidad, como si hubiera una fecha mejor para empezar a vivir.
Pero la vida no funciona así.
La vida es hoy.
Y a veces ni siquiera eso.
Y sí, ya lo sé, con esta reflexión corro el riesgo de sonar a frase barata de TikTok. Pero me da igual, porque creo que es una tara que tenemos como sociedad.
Los que subieron a aquellos trenes aquella mañana seguramente pensaban exactamente lo mismo que pensamos todos cuando suena el despertador: que era un día más.
Un jueves cualquiera.
Y ahí está la lección incómoda que nos cuesta asumir: ninguno sabemos cuál va a ser el último café tranquilo, la última conversación banal, el último paseo sin importancia.
Personalmente creo que maltratamos el presente. Nos perdemos en estupideces.
En discusiones absurdas, en enfados que no llevan a ninguna parte, en polémicas que dentro de una semana ni recordaremos.
Gastamos energía en lo que no importa y dejamos para “mañana” lo que en realidad importa hoy.
Una conversación sin interrupciones con tu pareja, una tarde lluviosa jugando al Risk con tus hijos, una comida en familia con una larga sobremesa, un café con un viejo amigo…
Cosas pequeñas, cosas normales.
Por que lo que en realidad importa es justo lo que no subes a Instagram. Piénsalo.
Aquel 11 de marzo nos recordó algo que preferimos olvidar demasiado rápido.
Que la vida puede cambiar en un instante, en una mañana cualquiera.
En un tren cualquiera.
En un jueves cualquiera.
Por eso, quizá la única forma sensata de vivir sea tomarnos un poco más en serio los días normales.
Esos en los que creemos que no pasa nada y que precisamente es ahí donde está pasando todo.

Comentarios
Publicar un comentario