Baro Drom_ #La Tramoya
Hoy, mientras la actualidad sigue a lo suyo —corrupción, politicuachos de saldo y guerras criminales por intereses inmorales— en el parte diario hay algo distinto. Distinto pero no menos terrible.
Noelia Castillo.
Noelia tiene 25 años y su historia no empieza en un hospital ni en un juzgado, empieza en una noche que le rompe la vida.
Una agresión sexual grupal.
Después de eso intenta suicidarse pero no lo consigue.
Lo que viene después también es irreversible: paraplejia, dependencia total, un cuerpo que deja de obedecer.
Y ahí empieza otra vida, o quizá ni siquiera eso, empieza otra versión de la vida.
Porque una cosa es sobrevivir y otra muy distinta, vivir.
Aprender a existir en un cuerpo que ya no sientes como tuyo. Necesitar ayuda para todo. Perder intimidad, autonomía, identidad. Y cargar, además, con lo que no se ve: tristeza, impotencia, desesperanza.
Y en ese escenario, Noelia toma una decisión.
Y ahí es donde, si uno se detiene de verdad, al menos puede intentar entenderla.
Porque no suena a impulso. Suena a agotamiento, a límite. A una vida que, para quien la vive, ha dejado de ser habitable.
No porque no pueda seguir viva. Sino porque no quiere seguir haciéndolo así.
Y meterse ahí dentro, aunque sea un segundo, da vértigo.
¿Quién se atreve a juzgar eso? Yo, desde luego, no.
Pero también soy padre. Y desde ahí, no me cuesta entender al suyo.
Porque él no ve un procedimiento, no ve informes, no ve un debate jurídico ni ético.
El ve a su hija.
La ve respirar, la escucha hablar. La tiene ahí, con el.
Y seguramente piensa que todo arranca en aquella noche que la destrozó y que lo que viene después no nace de una elección libre en abstracto, sino de una herida brutal.
Y desde ahí, lo único que le sale es protegerla buscar alternativas, mantener la esperanza y agarrarse a la posibilidad de que algo, aunque sea mínimo, todavía pueda mejorar.
Porque para él no es un debate.
Es su hija.
Y ahí está lo más cruel de todo: que aquí no hay monstruos ni villanos.
Hay dolor en las dos direcciones.
Y dos verdades:
La verdad de alguien que siente que su vida duele tanto como para querer dejarla.
Y la verdad de alguien que no puede aceptar perderla.
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