Cancelación de ruido_#La Tramoya
Esta mañana me ha pasado una cosa curiosa.
Yo soy de esos que anda por el metro con unos auriculares enormes, de esos con cancelación de ruido. De los que te dan un aspecto entre DJ de los 80 y teletubbie tecnológico. Te los encasquetas… y el mundo desaparece.
Pero hoy me he quedado sin batería a mitad de trayecto, se me olvidó cargarlos anoche.
Y de repente… he oído el metro.
El traqueteo de los vagones, las puertas abriéndose, la voz metálica anunciando la siguiente parada…
Y, sobre todo, a la gente.
Conversaciones cruzadas, alguien riéndose, un tipo hablando por teléfono como si el vagón fuera el salón de su casa, dos señoras comentando algo en voz baja, un señor masticando chicle, fuerte y con la boca abierta… la vida, vaya.
Y ahí me ha dado por pensar que llevamos años intentando que no se escuche nada.
Nos ponemos auriculares. Subimos el volumen, cancelamos el ruido y nos aislamos.
Pero no solo en el metro.
En casa ya no nos escuchamos ni siquiera cuando hablamos.
En las redes tampoco, simplemente nos atropellamos.
¿En política?… en la política ni lo describo.
Todo el mundo habla. Nadie escucha.
Y pensaba… ¿qué pasaría si alguien escuchara de verdad?
Por ejemplo, ¿y si Putin y Zelenski se hubieran parado a escuchar antes de que todo saltara por los aires
¿O si los gobiernos hubieran oído a finales del 19 a los científicos que advertían de que un virus chungo podía convertirse en una pandemia mundial y confinarnos a todos meses en nuestras casas?
¿Te imaginas si Netanyahu hubiera atendieran a quienes pedían parar antes de que Gaza se convirtiera en una escombrera?
¿O si los ayatolás hubieran escuchado a su pueblo, que lleva años saliendo a la calle pidiendo algo tan básico como libertad?
O Maduro, o Trump, o ya que estamos…
¿Te imaginas que Pedro Sánchez hubiera escuchado a los valencianos cuando durante la DANA “pedimos ayuda”?, por que si Pedro, la pedimos.
Pero claro, escuchar conlleva un problema.
Escuchar obliga a aceptar que el otro puede tener razón, y eso hoy es un riesgo inasumible, por el ego. Pero eso da para otro editorial.
Así que, nada, preferimos el ruido.
El ruido del titular, el ruido de la consigna o el ruido de la bronca.
En fin, que yo mañana me aseguraré de que los auriculares tengan batería.
Pero ¿sabes? En el metro no… pero en la vida voy a intentar usar la cancelación de ruido de forma más selectiva.
¿Te apuntas?
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