El hartazgo de las verdades absolutas_ #La Tramoya


Este fin de semana trabajé en un evento, "Vibralma", organizado por Cristina López, mi compañera en el programa.


Hubieron muchas cosas reseñables, pero una me me hizo pensar.


Llevamos años escuchando que Occidente se ha secularizado, que las iglesias están vacías, que la religión institucional pierde influencia. Y es verdad. Las parroquias no están precisamente a reventar y el discurso moral ya no marca la agenda pública como antes. Incluso en países como el nuestro, España, el gobierno hace especial esfuerzo en mostrar su laicismo, e menudo de forma excesiva para mi gusto.


Pero luego hablas con chavales de veinte años y detectas otra cosa. No quieren sotanas ni sermones eternos. Pero tampoco compran del todo el “somos polvo cósmico organizado y punto final”. Hay curiosidad. Hay apertura. Hay una especie de intuición de que esto no puede ser solo una carambola química con WiFi.


Y eso es interesante.


Porque nosotros crecimos en la era en la que la ciencia no solo avanzó —que debía hacerlo— sino que se convirtió en identidad cultural. Cuanto más técnico sonaba todo, más modernos éramos. Y en ese clima, el que se atrevía a decir que tenia fe en un creador se colocaba automáticamente en el lado pintoresco del debate. Cuestionar la teoría evolutiva era poco menos que firmar tu exilio intelectual.


Se instaló una especie de superioridad ilustrada: ya lo hemos explicado todo, gracias. Siguiente tema.


Ahora bien, tampoco finjamos sorpresa con la desafección hacia las religiones. Se la han ganado a pulso en muchos momentos. En Occidente, durante siglos, la fe no fue solo espiritualidad; fue poder, fue censura, fue control, fue alianza con tronos y dictaduras.


Y luego están los escándalos, abusos, encubrimientos, silencios cómplices y eso no se tapa con incienso.


Y si ampliamos el foco, vemos todavía hoy lugares donde la religión es herramienta de represión directa. Donde se legisla en nombre de Dios. Donde se castiga, se encarcela o se ejecuta en nombre de Dios. No estamos hablando de la Edad Media, estamos hablando de ahora mismo. Así que sí, hay razones para desconfiar.



Y no olvidemos la guerra. Hoy mismo estamos estamos apretando los dientes por un conflicto en Irán que como suele ser habitual todos los bandos llevan el mismo “patrocinio”, por que cada uno le pone un apellido, pero el nombre al que aluden es el mismo.


Pero aquí viene lo que me parece más interesante. A pesar de todo eso —del descrédito, del escándalo, de la crítica cultural— la pregunta no ha muerto. La inquietud sigue ahí. La sensación de que quizá hay algo más que biología y azar sigue asomando.


Tal vez lo que se está cayendo no es la idea de Dios, sino la pretensión de gestionarlo en exclusiva.


Los jóvenes no quieren una religión que les diga cómo votar, cómo amar o cómo pensar. Pero tampoco parecen satisfechos con la explicación puramente material de la existencia. Han visto lo peor de las instituciones religiosas. Y empiezan a ver también que la ciencia, siendo extraordinaria, no responde a todo.


Y eso me parece sano.


Quizá estamos entrando en una etapa más adulta. Menos ingenua con los altares, pero también menos arrogante con el laboratorio. Más crítica con el poder —sea eclesiástico o académico— y más honesta con la pregunta de fondo.


No se, quizá no estamos asistiendo al regreso de Dios.

Quizá estamos asistiendo al cansancio de las certezas.

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