El sitio de mi recreo_ #La Tramoya

 


Hoy quiero empezar yéndome a un sitio distinto.


A un lugar más tranquilo, más bucólico, más mío.


Porque mi infancia no suena a notificaciones ni a prisas. Suena a campo, a tierra, a animales.


Mis abuelos tenían una pequeña granja: cabras, cerdos, gallinas, huerto… lo justo para sacar adelante el día a día. Y yo, cada verano, acababa allí. Sin opción de “plan B”. Aquello era el plan.


Y fíjate qué curioso… con el tiempo entiendes que aquello no era un plan. Era un privilegio.


Porque crecer rodeado de animales te enseña cosas que no vienen en los libros. Te enseña respeto, paciencia. Te enseña que la vida no va de botones ni de pantallas… va de ritmos, de cuidar.

De estar.


Allí el tiempo no iba como aquí.


No lo marcaba el reloj. Lo marcaba la luz, el calor, el hambre de los animales. El día empezaba cuando tenía que empezar… y se acababa cuando el campo decía que se había acabado.


Y eso, sin darte cuenta, te cambia la forma de medirlo todo.


Aprendes a esperar. A no forzar. A entender que hay cosas que llevan su proceso… y que no conviene acelerarlas.


Luego estaban los animales.


No te hablaban, pero te miraban. Y no hay nada más honesto que la mirada de un animal.


Si están tranquilos, lo están. Y lo sabes. Si no, también.

Y tú aprendías a leer eso. Aprendías a estar y algo mágico, a ganarte su confianza.


Y mientras… la vida de un niño.


Un pastor alemán, un rifle de balines y un sombrero de cowboy. No hacía falta nada más.


Podías pasarte horas inventando historias, recorriendo caminos que en realidad eran siempre los mismos, pero que en tu cabeza eran otra cosa. Aventuras, misiones, peligros que solo existían ahí… pero que se sentían de verdad.


Y al final, sin saberlo, todo eso te iba haciendo. Te formaba.


Te daba paciencia, te daba imaginación… y te daba una forma bastante honesta de mirar el mundo.


Y al llegar septiembre, volvías a la ciudad. Como Mowgli. Un poco perdido al principio… pero limpio.


Y luego creces. Y empiezas a olvidar.


Olvidas de dónde viene lo que comes. Olvidas el trabajo que hay detrás. Olvidas que alguien se levanta todos los días —llueva, haga frío o calor— para cuidar de algo que luego tú consumes sin pensarlo demasiado.


Y aquí es donde quiero parar hoy.


Porque detrás de un vaso de leche, de un trozo de queso, de un plato de carne o de un abrigo de lana… hay personas.


Personas que viven pendientes del campo. Que cuidan, que crían, que sostienen una forma de vida que no sale en tendencias… pero que sostiene muchas cosas.


La ganadería y la agricultura no son solo sectores. Son, probablemente, la forma más honesta de entender y de cuidar el mundo.


Más pegada a la tierra. Más real. Más exigente.

Y, en estos tiempos, bastante mal tratada y poco reconocida.


Por eso hoy me apetecía hablar de esto.


Porque esta tarde tenemos con nosotros a alguien que no me es ajeno: Ramón SanfeliX, presidente de la asociación de la oveja güira… y además, mi primo.


Y más allá de lo profesional, que lo es, para mí tiene algo especial.


Porque, de alguna manera, escucharle es volver a ese sitio.


A ese olor, a ese sonido, a esa forma de vida que parece lejana… pero que sigue estando mucho más cerca de lo que creemos.


Y quizá convendría no olvidarla.

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