Otra huelga_#La tramoya
Hoy en Valencia hemos amanecido con huelga en la educación pública. Otra más. Con docentes denunciando ratios altas, burocracia insoportable, falta de plantilla, infraestructuras deficientes y sueldos que no acompañan precisamente a la épica que luego se les exige. Y lo enlazamos con la huelga convocada por el Sindicato Médico en la Comunitat Valenciana del 27 al 30 de abril, otra vez, sí, con el mismo aroma de fondo: promesas incumplidas, profesionales quemados y la sensación de que el sistema público se sostiene cada vez más por vocación ajena que por gestión propia.
Y luego nos preguntamos por qué hay descontento. Pues hombre, porque esto ya no va de un sector concreto. No son los profes por un lado y los médicos por otro. Esto empieza a parecerse bastante más a un malestar general. A una ciudadanía que ve que el Estado siempre está en forma para cobrar, pero escuchimizado para cumplir.
Y cuando digo malestar, no hablo solo del autónomo, aunque aquí siga siendo el sparring favorito del sistema. Ese al que se le exige facturar, pagar, adelantar, justificar, sobrevivir, no ponerse enfermo y, a poder ser, no protestar demasiado. En España el autónomo más que emprender participa en una especie de Humor Amarillo, pero sin ninguna gracia. Ninguna gracia.
Pero reducirlo todo al autónomo sería quedarse corto, porque también está la pyme.
En España las pymes son el 99,8% de las empresas. O sea, que cuando se legisla con alegría, cuando se suben costes y se multiplican obligaciones, no se está atacando a cuatro señores gordos con puro y sombrero de copa, no, se está apretando al país en general, al que contrata, al que arriesga, al que intenta crecer sin saber qué nuevo palo en la rueda le van a poner la semana que viene.
Y luego está el trabajador por cuenta ajena, el gran olvidado de esta conversación, pero que según los últimos datos disponibles de la OCDE soporta una cuña fiscal del 40,6% en el caso del trabajador medio soltero en España.
Y que no te engañe “la Yoli”: eso no es lo que te “roba” tu empresa, sino lo que se queda el Estado. Es decir, la distancia real entre lo que cuesta contratarte y lo que de verdad te llega al bolsillo.
Traducido al castellano: trabajar nos cuesta un ojo de la cara, contratar cuesta un riñón, y aun así cada vez más gente siente que lo que recibe no está a la altura de lo que paga.
Porque esa es la parte más irritante de todo esto. Que cuando llega la hora de cobrar, el Estado es eficaz y preciso como un reloj suizo, pero cuando toca darte una sanidad fluida, una educación robusta o una administración razonable, resulta ser una burda imitación de un Casio sin calculadora ni nada.
Y si no, y ayer lo volvimos a comprobar, que les pregunten a los afectados por la DANA.
Por eso estas huelgas deberían importar más. Porque son síntomas. Profesores quemados, médicos hartos, autónomos exhaustos, pymes asfixiadas y trabajadores que no llegan a fin de mes.
Y luego, cuando el personal se enfada, enseguida salen con que si la “ultraderecha”, unos; los otros, que si las huelgas son de “perroflautas”; o los más sofisticados con aquello de: “cuidado con la antipolítica”.
¡Y no, antipolítica no, antiestafa! Que es distinto.
Porque hoy la huelga de educación en Valencia y la de los médicos a final de mes no son episodios aislados. Son capítulos de una misma serie, una que va de una sociedad a la que se le pide cada vez más esfuerzo mientras recibe cada vez menos alivio.
Y entonces llega el punto en el que el ciudadano saca cuentas de lo que paga, lo que recibe y cómo se deteriora casi todo lo esencial, y empieza a sospechar algo gravísimo:
que el Estado se ha convertido en una carga.

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