¿No a la guerra?_#La Tramoya

Hoy Pedro Sánchez ha vuelto a desempolvar un eslogan muy rentable en España: “No a la guerra.”


Suena bien. Nadie discute eso. Es corto, moralmente impecable y funciona muy bien en pancartas, manifestaciones y redes sociales.


El problema es que la guerra no se detiene con un eslogan. Y mucho menos cuando el tablero internacional ya está en movimiento.


Pero aquí lo importante no es el lema. Lo importante es por qué lo utiliza ahora.


Porque lo hace un presidente con un Gobierno cercado por casos de corrupción que afectan a su entorno político y familiar, seriamente debilitado en las encuestas, con una mayoría parlamentaria hecha de retales que obliga a negociar cada votación como si fuera una subasta…


Es decir, un Gobierno que no gobierna, solo sobrevive.


Y en ese contexto aparece el gesto grandilocuente: negar el uso de bases estadounidenses y levantar la bandera del “No a la guerra” para colocarse, una vez más, en el pedestal moral de la izquierda europea.


El problema es que la política internacional no es un escenario para la vanidad personal.


España forma parte de la OTAN. España tiene compromisos militares. España alberga bases estratégicas como Rota y Morón que forman parte de la arquitectura de seguridad occidental.


Y cuando un presidente decide lanzar un órdago público en medio de una crisis internacional, no solo está haciendo política interna.


Está jugando con la posición estratégica de su propio país.


Porque si ese gesto es real, España se enfrenta a tensiones diplomáticas con su principal aliado militar y con sus socios europeos.


Pero es que es solo postureo político para consumo interno, entonces el mensaje que enviamos fuera es todavía mas lamentable: que nuestras decisiones estratégicas dependen del cálculo personal de un presidente acorralado y profundamente ególatra.


En ambos casos el resultado es el mismo. Mal.


España queda en un brete diplomático que puede costar credibilidad, dinero, estabilidad y, esperemos, que no también seguridad.


Porque los aliados toman nota y los mercados y los países y gobiernos a los que sí les importa la deriva de sus conciudadanos por encima de si salen guapos en la foto.


Por eso lo verdaderamente preocupante no es el eslogan.


Lo preocupante es la mezcla de vanidad política y cálculo de supervivencia en un momento internacional extremadamente delicado.


Y el riesgo es evidente.


Y es una pena.


Porque España tiene diplomáticos, militares y profesionales del Estado perfectamente preparados para moverse con inteligencia en un tablero internacional complicado.


Pero a veces uno no puede evitar acordarse de aquel verso del Cantar de Mio Cid:


“¡Dios, qué buen vasallo… si oviesse buen señor!”



 

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