La era de la confirmación_#La Tramoya


 Esta semana comentábamos aquí en el curro qué periódicos consumíamos. Y lo cierto es que la conversación tenía trampa, porque en cuanto lo verbalizas te das cuenta de algo bastante incómodo: ya no hay información, hay confirmación.


Piénsalo un segundo.


¿Se te ocurre hoy un medio de comunicación —escrito, de radio o de televisión— que se limite únicamente a contarte lo que ha pasado… sin interpretártelo antes?


Es complicado, ¿eh?


Y es que ya no consumimos medios para entender el mundo. Los consumimos para sentirnos cómodos dentro de la versión del mundo que ya traemos predefinida.


No vamos a informarnos: vamos a que nos confirmen. A que nos den la razón. A que nos acaricien el lomo y nos hagan sentir que estamos en el equipo ganador.


Y no es baladí, imagina que pasara en más sectores.


Por ejemplo, ¿te imaginas que en la educación la historia tuviera protagonistas distintos, intenciones distintas y hasta culpables distintos según la ideología del centro o del profesor?


O en la cultura, en el cine… no sé… imagina que los Goya se convirtieran en un mitin.


¿Y si en política se gobernara no para todos los ciudadanos, sino solo para los tuyos… y a ser posible contra los otros?


Qué fantasía todo.


En fin, el problema es que llevamos tanto tiempo tragándonos esto que ya hasta nos parece normal. Normal que todo venga interpretado, sesgado, que cada sector tenga su catecismo, su tribu, su marco mental y su pequeño peaje ideológico.


Y así hemos acabado confundiendo información con alineamiento, cultura con activismo, educación con adoctrinamiento y política con hooliganismo de despacho.


Y claro, luego decimos que estamos informadísimos. Que seguimos la actualidad. Que tenemos criterio.


Pero no.


Muchas veces lo que tenemos es un surtido de consignas premium, bien presentadas, listas para consumir y repetir.


Y así vamos por la vida, convencidos de que pensamos por nosotros mismos, cuando en realidad muchos no hacemos más que elegir quién nos redacta el prejuicio.


Y me incluyo.


La verdad se ha quedado vieja. Una antigualla incómoda.


Ahora lo moderno es la versión: más flexible, más útil y, sobre todo, mucho más obediente. Se adapta a cada tribu, a cada sigla y a cada conciencia delicada.


Sabemos mucho de lo último. Muy poco de lo importante.


Y ese es el negocio perfecto: una sociedad convencida de que piensa, cuando en realidad solo elige entre versiones.


Porque cuando todo se convierte en interpretación interesada, la verdad deja de ser la meta.


Pasa a ser solo otro material de campaña.


Y a partir de ahí ya no importa comprender.


Solo importa confirmar.


Que al final es bastante más cómodo.


Y bastante más rentable para quienes fabrican las certezas.


Bienvenidos a la era de la confirmación.

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