Mediterraneo_#La Tramoya

 


Es Lunes 9 de Marzo y aunque hoy no, mañana vuelve a llover.


Y es que este invierno está siendo un poco “raruno” para Valencia y nos tiene “descolocaos” a los valencianos.


Lluvia, días grises, abrigos … y cuando eso pasa, a veces se nos olvida dónde vivimos.


Se nos olvida que estamos a orillas de un pequeño tesoro.


El Mediterráneo.


Por que Valencia es poder perderte en playas enormes y abiertas, con kilómetros de arena y ese horizonte limpio que te pone las ideas en orden.


Mira, yo no soy mucho de playa en “modo dominguero”.

De sombrilla, nevera y bocadillo de tortilla crujiente por la arena.


Pero viví tres años en Madrid… y no sabes lo que añoré mi casa, el Mediterráneo.


Añoré algo tan simple como un paseo marítimo al atardecer.

Ese momento en el que el sol empieza a caer despacio y termina envuelto en llamas unos segundos antes de apagarse en el horizonte desde el embarcadero de la Albufera.


Pero no solo mar,  Valencia es también montaña.


La Sierra de Espadán, con sus bosques de alcornoques, la Calderona, con esas sendas rojizas que huelen a pino y romero o el Maestrazgo, donde el paisaje se vuelve casi salvaje y la tierra parece ponerse seria.


Y ahí aparece algo que explica muchas cosas de esta tierra.


El agua.


Las pozas de Montanejos, con el Mijares corriendo limpio entre montañas.

El Salt de la Nóvia, en Navajas, donde el agua se descuelga por la roca como si la montaña se deshiciera en un suspiro de cristal.

O los Charcos de Quesa, escondidos entre pinares o el Gorgo de la Escalera, en Anna, donde el agua se abre paso entre paredes de piedra.


La Comunidad Valenciana está repleta de pueblos de calles estrechas, de piedra, de plazas tranquilas y olor a leña húmeda en invierno, donde el reloj parece ir un poco más despacio.


Pero también de pueblos de pescadores con calles que bajan hacia el puerto, balcones con macetas, redes secándose al sol y barcas balanceándose despacio mientras el agua golpea suavemente el muelle.


Pueblos donde la cal de las fachadas refleja la luz y el azul recuerda al mar, con el Mediterráneo respirando al fondo, como si el pueblo entero latiera al ritmo de las olas.


Y sí, estos días llueve y cielo está gris por que el invierno parece empeñado en quedarse un poco más de la cuenta.


Pero incluso así, incluso cuando llueve, aquí pasa algo curioso.


El sol nunca desaparece del todo.


Aquí el sol siempre termina rasgando el telón de nubes y Valencia vuelve a encenderse.


Y ese sol que brilla como en pocos lugares del mundo lo hace, vuelve a pintar de luz las calles y a perfumarlas con la tierra mojada que recuerda algo muy intenso.


Que vivimos aquí, a orillas del Mediterráneo.


Y que eso… más que un lugar, es un privilegio.

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