Memoria_ #La Tramoya
Y eso tiene algo de curioso.
Porque en nuestra sociedad pasa una cosa bastante curiosa: cuanto más años acumula una persona, más parece que la apartamos del foco.
Vivimos en una cultura obsesionada con lo nuevo, con lo rápido, con lo joven. Todo tiene que ser la última versión, el último modelo, la última tendencia.
Y claro, en ese sistema los años parecen casi un defecto de fábrica.
Pero luego uno viene a un sitio como este y se da cuenta de que el planteamiento está bastante mal enfocado.
Porque aquí hay personas que han vivido cambios que nosotros solo conocemos por los libros: posguerras, crisis económicas, transiciones políticas, revoluciones tecnológicas…
Gente que ha visto pasar modas, gobiernos, inventos que parecían el futuro… y que luego desaparecieron como si nada.
Y eso se llama, perspectiva.
Que es justo lo que más escasea hoy.
En otras culturas esto lo tienen clarísimo.
El anciano no es alguien al que aparcar con cariño. Es alguien al que escuchar.
Porque es la memoria viva de una comunidad.
Y aquí es donde lugares como este hacen algo muy importante.
Porque cuidar a alguien no es solo atenderle.
Es acompañarle, es respetarle, darle dignidad y seguir haciéndole parte de la conversación.
Y eso —créeme— tiene muchísimo valor.
Además, si uno se para a pensar… todos estamos caminando exactamente en la misma dirección.
Con suerte.
Porque envejecer no es un problema.
El problema sería no tener la oportunidad de hacerlo.
Así que quizá el aprendizaje de hoy sea bastante sencillo.
En una sociedad que idolatra la juventud, los lugares donde se cuida a quienes ya han vivido tanto no son un rincón al que apartar a nadie.
Son, en realidad, lugares donde se guarda la memoria de todos.
Y de vez en cuando conviene venir, sentarse un rato… y escuchar y precisamente es eso lo que hoy vamos a hacer.

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