¿Y de lo de Aznar no hablas?_ #La Tramoya
Esta semana, el martes creo, empezamos hablando de que los políticos que soportamos no son otra cosa que el reflejo de nuestra sociedad, ¿te acuerdas?
Para arrancar el argumento señalaba una contradicción bastante simple: el Gobierno saca la pancarta del “No a la guerra”, niega el uso de las bases de Rota y Morón… pero al mismo tiempo España despliega fragatas en el Mediterráneo dentro del operativo de la OTAN.
Una contradicción política bastante evidente. De las que se pueden discutir.
Pues bien, subimos el vídeo y en una de las redes sociales alguien comenta:
“¿Y de los paquetes que Epstein enviaba a Aznar no hablas?”
Y ahí es donde uno entiende muchas cosas.
Eso se llama fanatismo.
Y para mí el fanatismo es una pandemia.
El fanatismo es un virus muy contagioso. No necesita pruebas para propagarse.
Basta un eslogan, un bulo o un meme bien colocado para saltar de móvil en móvil en cuestión de minutos.
Es una enfermedad curiosa. Ataca primero al sistema inmunológico del pensamiento crítico. El paciente deja de contrastar, deja de escuchar y empieza a reaccionar automáticamente, por impulsos.
Luego viene el siguiente síntoma: la fiebre de la trinchera.
Temblores, escalofríos… y todo se divide en buenos y malos, en los míos y los otros. Ya no hay matices, solo bandos.
Después llega la fase más visible: la tos del “y tú más”.
Cada argumento provoca una reacción reflejo. No se responde a lo que se dice; se escupe otro caso, otro escándalo, otro nombre para desviar la conversación.
Y cuando la infección está avanzada aparece la pérdida total del olfato moral.
Los mismos comportamientos que indignaban ayer, hoy se justifican… siempre que los haga tu equipo.
Lo preocupante es que, como todas las pandemias, esta también tiene un problema añadido: cuando se vuelve masiva deja de parecer una enfermedad y empieza a parecer normalidad.
Y me da igual que seas un fanático de los de cilicio y voto de castidad o los de los de burkas y las guerras santas.
Judío, cristiano o musulmán. Me da igual.
O nacionalista, supremacista o racista o independentista ya sea solo en el discurso o yendo más allá hasta justificar incluso el asesinato cobarde por la espalda.
Me da igual que seas de los que solo ven penaltis en el área contraria y tongos cada vez que su equipo pierde.
Negreiras o Florentinos. Me da igual que dijeras mono, que tonto.
Y, por supuesto, de los de “¿qué hay de lo de Epstein y Aznar?” cuando tocas a Sánchez…
pero también, claro, de los que sacan la corrupción del PSOE mientras aún están esperando juicio por lo que robaron “los suyos”.
Porque el fanatismo funciona así: no busca entender la realidad, busca apropiarse de ella.
Todo se convierte en argumento, en propaganda, en trinchera. Incluso el dolor. Incluso las desgracias.
Incluso los muertos si hace falta.
Lo hemos visto en Gaza y Ucrania.
Lo vemos en Irán.
Y no tan lejos: Adamuz, 11-M… la DANA.
Y cuando una sociedad llega a ese punto, ya no estamos hablando de política ni religión ni deporte ni país.
Estamos hablando de algo bastante más peligroso:
Estamos hablando de ignorancia, de mezquindad y de una sociedad en la que ya no importa el dato… porque lo único que cuenta es el relato.

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