Ya no importa_#La Tramoya

 


Hoy en los informativos ya no se habla de la DANA.


Ya pasó su minuto de gloria, ya cumplió su función y dejó las imágenes que

hacían falta: el barro hasta las rodillas, los coches amontonados, la gente

con la mirada perdida, el político de turno con botas recién compradas y

gesto compungido de catálogo. El decorado perfecto de la tragedia

contemporánea. Dolor, realización multicámara y declaraciones a pie de

fango.


Después, como siempre, a otra cosa.


Porque hay una especialidad nacional que dominamos con soltura: convertir

la desgracia en espectáculo urgente y el sufrimiento en residuo

administrativo.


Mientras la herida sangra, sale en portada. Pero cuando empieza a supurar

en silencio, estorba. Ya no da audiencia, ya no sirve para el rifirrafe

televisivo, ya no renta políticamente. Y entonces desaparece del foco, que

es una forma bastante miserable de fingir que todo está bien.


Pero no.


La realidad, que tiene la fea costumbre de no obedecer ni a tertulianos ni a

gabinetes de prensa, sigue ahí. Sigue en cada casa que no termina de

reconstruirse, en cada negocio que no ha levantado cabeza, en cada

ascensor que no funciona, en la factura que llega puntual aunque las ayudas

no lo hagan y en cada alumno reubicado en un barracón. Sigue en la gente

que aprendió demasiado deprisa que la palabra “pendiente” suele ser una

manera educada de decir “siéntese a esperar”. Y sigue, sobre todo, en

quienes perdieron a alguien y ahora contemplan el obsceno espectáculo de

ver cómo su dolor ha dejado de cotizar en el mercado de la actualidad.


Naturalmente, cosas se han hecho, solo faltaría. Sería indecente negarlo. Se

han anunciado medidas, se han aprobado partidas, se han presentado

planes, se han repetido porcentajes y se han pronunciado discursos con esa

solemne eficacia verbal que tanto abunda en este país y que tan pocas

veces logra traducirse en una solución que pueda tocarse con la mano.


Porque sí, una cosa es anunciar y otra resolver. No es lo mismo comparecer

que responder, ni llenar una rueda de prensa de cifras, siglas y buena

conciencia que devolverle la vida a quien todavía sigue tratando de

recomponerla a dentelladas.


Ahí está la trampa. Y también la indecencia.


Nos basta con que algo deje de verse para actuar como si hubiera dejado

de existir. Sí, somos así de modernos, así de eficaces, así de civilizados:

consumimos el dolor ajeno con rapidez, con intensidad y con fecha de

caducidad.


Unos días de emoción, unas semanas de conmoción y después el inevitable

relevo. Otro escándalo, otra polémica, otra indignación prefabricada. El

carrusel gira y conviene no detenerlo demasiado.


Mientras tanto, abajo, en la intemperie de siempre, se queda el de

costumbre. El ciudadano que no sale en plató, que no dicta el argumentario,

que no convierte su ruina en consigna partidista. Ese es el que carga con la

lentitud, con la burocracia, con el silencio y con la obscena habilidad de la

política para usarlo primero como víctima de escaparate y olvidarlo después

como estorbo narrativo.


La DANA ya no es última hora, de acuerdo, pero tampoco es pasado. No

está cerrada, ni resuelta, ni superada. Está en ese limbo patrio donde las

cosas dejan de dar vergüenza pública mucho antes de empezar a funcionar

de verdad.


Y ahí siguen muchos, viviendo no solo las consecuencias de una riada, sino

también las consecuencias de nuestro modo de ser: mucho gesto, mucha

declaración, mucha solemnidad instantánea y una constancia más bien

escasa cuando toca remangarse sin cámaras delante.


Porque una tragedia desaparece pronto de los titulares, pero de la vida de

quien la sufrió casi nunca lo hace.


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