Vidas de atrezo_ #La Tramoya


 Se ha terminado la Semana Santa, y no sé tú, pero yo este año he visto más devoción que otros.


Más símbolo, más gesto, más golpes en el pecho, más necesidad de demostrar que uno cree en algo. Y no hablo solo de religión, ¿eh? que también. 


Hablo de esa extraña costumbre que tenemos últimamente de ir proclamando convicciones para que se noten, para proyectar algo, para dejar claro que uno está alineado con alguna causa, con alguna fe, con alguna idea… o al menos con su decorado.


Siempre hemos sido un poco así, ya decían los romanos aquello de que “la mujer del César no solo ha de ser honrada, sino parecerlo”. 


Lo que pasa es que nosotros, siempre tan modernos, hemos actualizado el refrán. Ya no hace falta ser nada, basta con parecerlo mucho.


Ya no hace falta tener principios, sobra con lucirlos.


La fe, la rebeldía, la conciencia social, la patria, la indignación… todo se ha convertido en una especie de vestuario moral. 


Uno se coloca el símbolo adecuado, adopta el gesto correcto, pone cara de estar muy “a tope” con la causa de turno y listo. Ya parece una persona profunda.


Y además sale barato. Porque una convicción de verdad exige algo, te obliga, te compromete, te pone límites y te hace pagar un peaje. 


Pero la convicción de escaparate, no. Esa es comodísima, combina con todo. Lo mismo te vale para la foto que para Instagram.



Por que antes creer en algo te complicaba la vida. Ahora, en muchos casos, simplemente te construye el personaje.


Y esto no pasa solo con la religión, insisto, pasa con todo. 


Pasa con la política, donde hay más postureo ideológico que pensamiento. 


Pasa con las causas sociales, que a veces se viven más como una cuestión de imagen que de compromiso. 



Y pasa con esa necesidad moderna de opinar con contundencia sobre todo, aunque uno no haya pensado demasiado en nada. 


Pero lo importante no es tener criterio, es que se te note mucho que estás del lado correcto. Aunque no tengas muy claro ni el lado ni qué carajo estás defendiendo.


Nos hemos acostumbrado a confundir exposición con compromiso.


Pero decir no es creer. Y lucir un símbolo no es vivir conforme a lo que ese símbolo representa, ni pagar el precio que exige.


Y quizá por eso estamos donde estamos. Porque ya no profundizamos en nada, ni siquiera en aquello que decimos defender. Y cuando uno no profundiza, no hay convicción, hay pose.


Y así hemos acabado, en una época tan superficial que hasta las convicciones se han convertido en atrezo.


Porque una convicción de verdad no está para decorar. Está para incomodar.


Y lo demás, por mucho incienso que le pongamos, sigue siendo puro vestuario.

Comentarios

Entradas populares de este blog

No siempre lo urgente es lo importante

Canela en rama_ #La Tramoya

#La Tramoya_Editorial: "Si quieren ayuda, que la pidan"