Fé que va y viene_#La Tramoya



Hay cosas que conviene mirar con un poco de calma. La visita del Papa a España es una de ellas.


Porque estos días estamos viendo imágenes muy potentes: calles llenas, familias, jóvenes, mayores, gente esperando durante horas, banderas, cantos, emoción y una afluencia enorme.


Y más allá de la fe de cada uno, eso dice algo.


Dice que España no es exactamente ese país descreído, frío y completamente alejado de lo religioso que a veces nos cuentan.


España quizá no es tan devota como antes, eso es cierto, o quizá lo es de otra manera. Más discreta, más íntima, menos de procesión diaria


Y eso, sinceramente, merece respeto.


La fe es una cosa muy seria. Tan seria que no debería usarse ni como arma arrojadiza ni como disfraz de domingo. La fe no debería servir para mirar por encima del hombro al que no cree, ni para que el que no cree mire por encima del hombro al que sí.


Aunque lo cierto es que a mi me interesa mucho más otra cosa: la coherencia.


Porque si alguien tiene fe y esa fe se traduce en compasión, en ayuda, en humildad, en mirar al que sufre, en cuidar al que está solo, en perdonar más y señalar menos, entonces eso es una buena noticia. Para los católicos y para los no católicos.


El problema no es creer o no hacerlo, el problema es presumir de valores y luego vivir como si los valores fueran los principios que alegaba Groucho Marx.


Y eso nos pasa a todos a los creyentes y a los no creyentes. Porque aquí hay mucho mandamiento citado de memoria y poco prójimo tratado con cariño. Mucha frase elevada y poca paciencia en los semáforos. 

Mucha espiritualidad de Tik Tok y luego, en cuanto alguien piensa distinto, le lanzamos, a dar,  el rosario, las obras completas de Marx -pero no de Gruocho- o el teclado a la cabeza.


Por eso, a mi al menos, me parece importante lo que hemos visto estos días, no solo por el Papa ni por la Iglesia o la imagen multitudinaria, sino porque demuestra que sigue habiendo una parte enorme de este país que busca algo más que ruido, consumo, cabreo y pantalla.


Y eso no es poca cosa.




La visita del Papa pasará, las cámaras se irán, las calles volverán a abrirse y Madrid recuperará su atasco habitual, que ese sí que es ecuménico, porque une a creyentes, no creyentes, taxistas, turistas y repartidores de globo en una misma experiencia de sufrimiento compartido, beatos, no se, pero mártires sin duda.


Pero la pregunta queda que me plantea y mas después de lo de hoy en el congreso es si toda esa fe que se ha visto estos días se queda en una imagen emocionante o se convierte en una forma mejor de vivir.


Veremos.


Además de todo esto, me alegro especialmente de esta visita porque, por una vez, una multitud ha superado con creces a un concierto de Bad Bunny sin que nadie tuviera que salir diciendo “eeeeh” cada tres frases.


Que igual no es un milagro pero tal ya como está el panorama se le parece bastante.


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