Cuando no todo encaja_#La Tramoya
Hay días en los que todo encaja.
Te levantas, haces lo de siempre, vas a donde tienes que ir… y no pasa nada.
Y como no pasa nada… te quejas.
Somos así.
Nos aburre que todo funcione.
Hasta que deja de hacerlo.
Porque basta con que una pieza se mueva… una sola…
y el puzzle se va al carajo.
Empiezan las llamadas que no quieres hacer, los planes que saltan por los aires… y esa sensación de “esto no tocaba hoy”.
Que, por cierto… nunca toca hoy.
Porque la vida no es un guion de Netflix.
La vida es un puzzle de piezas pequeñitas… de esas que ni miras cuando están en su sitio.
Ese rato en casa que das por hecho.
Ese llevar a tu hijo a entrenar.
Ese ir a hacer la compra un sábado por la mañana con tu familia.
Ese “ya habrá tiempo”… —ojo con eso—, que no siempre lo hay.
Y claro… cuando falta una pieza…
te das cuenta de que no era una pieza.
Era medio dibujo.
Y es que nos obsesionan los momentos grandes.
Las celebraciones, los viajes, los logros… subir fotos a redes, poner música épica, venirnos arriba.
Pero ¿sabes qué pasa?
Que la vida de verdad… es que todo encaje sin hacer ruido.
Que nadie falte.
Que nada falle.
Que el día sea… normal.
Ese normal que desprecias el lunes…
y que firmarías con sangre el martes si algo se tuerce.
Así que igual la rutina no es el problema.
Igual el problema es que la tratamos como si la tuviéramos con tarifa plana.
Como si estuviera garantizada.
Como si ese puzzle que compone nuestra vida se montara solo cada mañana.
Y no.
No siempre.
Y no para siempre.
Un día deja de hacerlo… y ese día te cambia la forma de mirarlo todo.
Ya no quieres fuegos artificiales.
Quieres tus piezas.
Todas.
Hasta las más pequeñas.

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