Es jueves, 23 de abril, y nos acecha otra huelga.

La de las educadoras infantiles, para más señas.


Y esta, además, la conozco bien.

Mi mujer es profesora de Infantil.

Así que esto no lo veo desde fuera.

Esto lo veo sufrir.


Y cuanto más cerca lo ves, más claro lo tienes: a este país se le llena la boca con la infancia… pero trata a quienes la cuidan como si fueran personal de relleno.


Aquí todo es precioso hasta que toca sacar la cartera.


La infancia, maravillosa.

La conciliación laboral, un derecho innegociable.

La educación desde la base, fundamental.

El futuro de nuestros hijos, sagrado.


Fenomenal.


Ahora intenta convertir todo ese discurso tan bonito en mejores salarios, menos ratios, más personal y condiciones decentes…

y verás qué rápido se acaba la poesía.


Porque eso es lo que están pidiendo.

Ni más ni menos.


Poder trabajar sin ir ahogadas.

Cobrar con un mínimo de dignidad.

Y, sobre todo, poder permitirse el lujo de atender a nuestros hijos como merecen.


Y digo las educadoras porque el 97% son mujeres.

Así que sí, esto también va de derechos de las mujeres, aunque luego haya quien se llene la boca con el 8 de marzo y no mire una escuela infantil ni en Google Maps.


A las educadoras infantiles les pedimos paciencia, atención, entrega, responsabilidad, cariño, firmeza, energía, vocación, presencia, cabeza… y manos.


Muchas manos.


Si no nos habíamos dado cuenta, pero ya lo decía la canción:

“Cabeza, hombros, rodillas y pies… rodillas y pies.”


Pero luego les pagamos como si estuvieran allí para entretener criaturas un rato y poner gomets.


Y no.

Su labor, y sobre todo su responsabilidad, va muchísimo más allá.


Porque no solo cuidan.

También observan, educan, acompañan… y muchas veces son las primeras en detectar que algo no va como debería.


Y ojo con eso.

Porque ahí entra la atención temprana.

Y eso ya no va de baberos ni de canciones.

Eso va de desarrollo, de lenguaje, de conducta, de señales que a veces solo detecta a tiempo quien está ahí cada día.


Y las condiciones actuales las obligan a hacer todo ese trabajo con falta de personal, con aulas muchas veces por encima de lo asumible, con clases de más de veinte niños, con lesiones de espalda ya cronificadas, con el estrés cotizando al nivel del barril de Brent… y todo eso por un sueldo que en muchos casos apenas se despega del salario mínimo.


Créeme, lo se.


Y encima aguantando a padres montando en cólera porque su nena ha salido con un rasguño en la mejilla… o llevando al niño hasta las cejas de Apiretal y convirtiendo la clase en un laboratorio de Wuhan.


Así que sí.

La protesta está más que justificada, y bastante han tardado.


Porque aquí hablamos mucho del futuro de los niños…

pero a quienes sostienen ese futuro cada mañana las seguimos tratando como si fueran un gasto molesto.


Muy tiernos en el discurso.

Muy cutres en la realidad.


Porque al final la pregunta es muy sencilla:

si esto es tan importante como nos dicen, ¿por qué se sigue tratando como si fuera secundario?


La respuesta también es sencilla:

porque en España la infancia importa muchísimo…

mientras no obligue a rascarse el bolsillo.

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