Inmortales_#La Tramoya
Hay despedidas que no llegan haciendo ruido.
Que no estallan, que no tiran la puerta abajo, simplemente llegan como lo
hace el frio en una casa con ventanas que no encajan del todo, despacio… y
precisamente por eso lo arrasan todo.
Porque cuando se marcha alguien a quien quieres de verdad, lo primero que
deja no es tristeza.
Es desconcierto.
Es mirar alrededor y pensar: pero, ¿cómo puede seguir todo igual si para mí
ya nada está en su sitio?
Y sigue sonando el despertador, sigue pasando la gente, sigue habiendo
facturas, semáforos, cafés, conversaciones absurdas sobre cualquier
tontería… y tú notas que el mundo tiene una capacidad insultante para
continuar.
Y ahí está el golpe.
No solo se va una persona, desaparece la manera en la que tu entendías el
mundo.
Se va alguien que quizá era refugio, costumbre, orden, raíz, y cuando falta,
no queda solo un hueco, queda una especie de intemperie.
De repente una silla pesa más, una canción al sonar escuece, un olor te
desmonta, una calle te traiciona.
Y descubres que el dolor tiene la manía cruel de esconderse en las cosas
pequeñas.
Y al principio todo eso duele, duele muchísimo.
Porque uno piensa que perder a alguien consiste en aceptar que ya no está.
Pero no, lo complejo de verdad es entender que sí está… pero de otra
modo.
Y entonces pasa algo extraño.
Entonces, el dolor, sin dejar de ser dolor, empieza a mezclarse con otra
cosa.
Con gratitud.Y llega un momento en que entiendes que el verdadero legado de alguien no
está en las cosas que dejó guardadas en un cajón o escritas en un diario.
Está en aquello que dejó sembrado en los demás y que sigue creciendo
pese a su ausencia.
Esa paciencia que te contagió, la fuerza que te obligó a encontrar, en la
ternura que te enseñó incluso sin nombrarla o en la risa que ahora aparece
cuando recuerdas una escena absurda y, en lugar de romperte, te
recompone un poco.
Porque sí, hay un día en que sigues echándola muchísimo de menos… pero
ya no recuerdas solo cómo se fue.
Empiezas a recordar cómo vivió.
Y eso no borra el dolor, tampoco lo cura, pero lo transforma.
Convierte la ausencia en memoria viva.
Hace que alguien, aun habiéndose marchado, siga teniendo efecto, siga
teniendo voz.
Siga teniendo presencia en la clase de persona en la que te has convertido.
Y ahí está la parte luminosa, aunque suene raro decirlo en medio de algo tan
oscuro.
Hay personas cuya marcha no consigue acabar con ellas.
Porque han amado tanto, han dejado tanto, han sido tanto… que terminan
convertidas en algo más grande que su propia presencia física.
Se convierten en fuerza, en brújula, en refugio interior.
Y entonces uno entiende que el vacío no desaparece, pero si se llena de
sentido.
Y si, sigue doliendo, pero también emociona saber que estuvieron y que, de
algún modo profundo y silencioso, siguen estando.
A un amigo.
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