Democracia de Sofá_ #La Tramoya
Aquello parecía sencillo: votar, aceptar el resultado, gobernar si te toca… y marcharte cuando se acaba.
Qué tiempos aquellos. Qué ingenuos éramos. Nos lo tragamos entero, como quien se cree que el yogur con bífidus le va a arreglar la vida.
Porque lo cierto es que antes, cuando un dirigente estaba rodeado de escándalos, dimitía. O al menos hacía como que se lo pensaba. Se ponía serio, convocaba una rueda de prensa, decía aquello de “por responsabilidad” y desaparecía un tiempo hasta que encontraba acomodo en un consejo de administración, una fundación o una tertulia.
Ahora no.
Ahora se queda. Se indigna. Denuncia una conspiración judeomasónica. Convoca a los suyos. Habla de estabilidad institucional. Y, si hace falta, acaba dando lecciones de regeneración democrática con la misma naturalidad con la que un calvo anuncia crecepelos.
Pedro Sánchez, por ejemplo, está políticamente asediado por casos que afectan a su entorno político y familiar. Hoy, sin ir más lejos, la sede del PSOE ha sido registrada por la Policía dentro de una investigación judicial. Suma eso a lo de su hermano, su mujer, Ábalos, “SuperCerdán” y todo el paisaje que se va acumulando alrededor, y en el libro de Sociales de la EGB, con la mitad de eso, caía un gobierno.
Pero hoy no.
Hoy todo se explica, se matiza, se relativiza o se convierte en una ofensiva de los malos contra los buenos. Y uno piensa: oye, si todo está tan limpio, si todo es tan transparente, igual convocar elecciones sería una forma estupenda de que hablara la gente, ¿no?
Pues no.
Porque está la estabilidad.
La estabilidad sirve para todo. Sirve para gobernar, para no dimitir, para no explicar, para no moverse… y para justificar que el sofá de La Moncloa ya tenga la forma exacta de tu espalda.
Pero ojo, que esto no va solo de Sánchez. Este vicio de quedarse hasta que te tengan que sacar con una espátula viene de lejos.
Rajoy ya nos dejó una obra maestra del enrocamiento. Tras la sentencia de Gürtel, con el PP condenado como beneficiario a título lucrativo, no dimitió. Tampoco convocó elecciones. Se quedó. Y al final hubo que montar una moción de censura para sacarlo del Gobierno. La primera que prosperó en democracia.
Así que no, no es un problema de siglas. Es un problema de cultura del poder.
Y no solo en política.
Miremos al Real Madrid. Florentino Pérez lleva 26 años gobernando el club con una autoridad tan sólida que las elecciones parecen ya una tradición arqueológica, como las pesetas, los videoclubs o los teléfonos con cable en la pared.
Durante su mandato se han ido endureciendo los requisitos estatutarios para presentarse a la presidencia: veinte años de antigüedad, avales, condiciones económicas… Todo muy democrático, sí, pero de esa democracia tipo escape room: técnicamente puedes salir, pero antes tienes que encontrar tres llaves, resolver un jeroglífico y tener un patrimonio que te permita comprar Teruel.
Y tampoco pensemos que esto es solo cosa nuestra. No. Esto ya es una moda internacional. La democracia se nos ha llenado de ocupas institucionales.
Donald Trump, en 2020, no aceptó la derrota. Se enfurruñó, denunció fraude sin pruebas, agitó a sus seguidores y aquello acabó con el asalto al Capitolio, protagonizado, entre otros, por un señor con cuernos de vikingo. Muy de democracia, sí. Muy Atenas clásica todo.
Erdogan, en Turquía, lleva años jugando al “yo respeto las urnas siempre que las urnas me respeten a mí”.
Y Orbán, en Hungría, ha convertido la democracia liberal en democracia con letra pequeña. Se vota, sí. Hay urnas, sí. Hay campañas, sí. Pero de aquella manera. Es como jugar un partido de fútbol con los árbitros en el BAR, con B.
Y así vamos normalizando una política donde dimitir parece una debilidad, convocar elecciones parece una amenaza y rendir cuentas parece una humillación.
Mientras tanto, los ciudadanos miramos el espectáculo con una mezcla de cansancio, cabreo y resignación. Sobre todo resignación. Que es la palabra más peligrosa de todas, porque cuando una sociedad se resigna, el poder deja de tener miedo.
La democracia no se degrada solo cuando un señor con bigote y disfrazado de militar rompe la ley. Se degrada también cuando alguien retuerce la norma hasta dejarla irreconocible. Cuando se usa la legalidad como coartada para evitar la legitimidad. Cuando todo es técnicamente posible, pero moralmente huele a cuarto cerrado.
Porque esa es la trampa: que algo pueda hacerse no significa que deba hacerse. Que una ley permita resistir no convierte la resistencia en ejemplar. Que las normas tengan rendijas no obliga a vivir metido dentro de ellas como una cucaracha con escolta.
El poder no se ocupa. Se ejerce.
Y se ejerce durante un tiempo.
Después se entrega. Sin dramas. Sin épica. Sin atrincherarse en el despacho abrazado a la grapadora. Sin convertir cada crítica en una conspiración. Sin confundir el cargo con una propiedad heredada, como quien recibe un piso en la playa y una vajilla de boda.
Conviene recordarlo. Y conviene exigirlo.
Porque la democracia no se muere solo de golpe. A veces se va apagando poco a poco, entre excusas, reglamentos, mayorías calculadas, estatutos retorcidos, ruedas de prensa solemnes y sofás demasiado cómodos.
Y para que no sea todo malo, quiero lanzar un mensaje al actual presidente de mi escalera: el año que viene me toca ser presidente a mí.
Y viendo cómo está el panorama, solo espero que se niegue a soltar el cargo.
Por favor.
Que se atrinchere.
Que impugne la junta.
Que denuncie una conspiración del 3ºB.
Que diga que el ascensor necesita estabilidad.
Porque como tenga que gobernar yo esa escalera, la democracia no lo sé… pero el cuarto de contadores cae seguro.
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