Zona Gris_#La Tramoya

 


Editorial reducido: Elegir también incomoda


Hoy vamos a hablar de prostitución.


Y sí, ya sé que es meterse en un jardín lleno de charcos.


El debate parece dividido en dos trincheras, como todo, vaya: abolir o regular. Prohibir o legalizar. Perseguir al cliente o reconocer derechos trabajadoras.


Pero antes de sacar el código penal como si fuera una sartén, conviene distinguir algo básico:


la trata no es prostitución voluntaria.


La trata es esclavitud, violencia. Es mafia es una mujer engañada, amenazada, explotada, endeudada o encerrada. Ahí no hay debate. Ahí tiene que caer todo el peso de la ley sobre proxenetas, redes criminales y clientes que saben perfectamente dónde están metiendo el dinero y otras cosas.


Pero otra cosa distinta es una persona adulta que decide ejercer la prostitución libremente.


Y aquí empieza la incomodidad, si.


Porque hay quien, en nombre de proteger a las mujeres, acaba tratándolas como niñas o incapaces. Como si ninguna pudiera decidir por sí misma. Como si cualquier elección que no encaje en el manual moral de turno tuviera que ser anulada por el Estado, por un partido o por una señora muy intensa en una mesa redonda.


La libertad también incluye decisiones que no nos gustan. 


Tampoco se trata de ser ingenuos por que no todo lo que llamamos elección nace en igualdad de condiciones. Hay mujeres que llegan ahí por pobreza, por miedo, por necesidad, por falta de papeles o por no tener otra salida


Y eso no es libertad plena, eso es supervivencia.


Pero una cosa es reconocer esa realidad y otra muy distinta es borrar la voluntad de todas.


No podemos combatir la trata negando la libertad de quien sí decide.


Ni podemos defender la libertad ignorando que muchas veces la necesidad se disfraza de elección.


Por eso este debate no se arregla con consignas.


Ni todas son víctimas ni “todo es libre mercado”.


Hay que perseguir la trata y castigar la explotación.


Pero también hay que proteger a quien quiera ejercerla y garantizar su seguridad y derechos.


Porque el Estado debe proteger, no tutelar como si fuéramos ganado con DNI.


Y luego está la gran capa de nata podrida de este asunto: la hipocresía política.


Los mismos que se suben a un atril a dar lecciones de moral, dignidad y feminismo son, demasiadas veces, los que luego aparecen en sumarios, tarjetas, fiestas, prostíbulos, gastos opacos y servicios pagados con dinero público o con dinero que venía de contratos públicos.


Y siempre con la misma cara de cemento armado cuando les pillan.


Así que menos discursos de escaparate.


La trata se combate con policía, justicia, recursos y protección real.


La libertad se respeta escuchando a quienes deciden y regulando una realidad que, nos guste o no, existe, seguirá existiendo y no desaparece por esconderla debajo de una alfombra con perspectiva de género. 


Y la hipocresía se combate dejando de aceptar que quienes nos dan lecciones con una mano, con la otra pasen las tarjetas “black” a cuenta de todos.


Porque lo indecente no es solo mirar hacia otro lado.


Lo indecente es dar lecciones de moral mientras la factura la pagamos nosotros.

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