El miedo no cae del cielo_#La Tramoya
El miedo no cae del cielo
Hoy teníamos fiesta. Radio en directo, celebración, aniversario, música, gente, copa, planazo. Pero se ha aplazado por alerta naranja.
Hace años estoy seguro de que no se habría aplazado. Tan seguro como que hace dos años nos llovió. Pero ahora no. Ahora una alerta de lluvia ya no es solo meteorología: es memoria.
Es mirar al cielo y acordarte de que aquí, cuando llueve de verdad, no solo fallan las alcantarillas. Falla todo lo demás: los avisos, los protocolos, la coordinación y, demasiadas veces, los que mandan.
Y claro, así se acumula el miedo. Pero no por la lluvia. La lluvia cae, moja, incomoda, desborda si viene brava. El miedo, en cambio, se queda. Y se queda porque venimos de demasiadas alarmas mal explicadas, demasiadas tragedias mal gestionadas y demasiados responsables especializados en salir a decirnos que todo estaba bajo control justo cuando el control ya se había ido a hacer puñetas.
Lo vimos con la pandemia, cuando nos acostumbramos a vivir pendientes de comparecencias, cifras, curvas, expertos, restricciones y mensajes que un día decían una cosa y al siguiente casi la contraria. Lo estamos viendo ahora con el hantavirus, que suena a villano de Bola de Drac, pero ya nos coloca otra vez el cuerpo raro. Otra palabra extraña, otra alerta, otra sensación de que vivimos en una sala de espera permanente, aguardando a que alguien nos diga si podemos seguir con nuestra vida o conviene empezar a mirar de reojo al vecino, al ratón, al charco o al telediario.
El miedo viene de otra parte. Viene de haber visto pandemias gestionadas como tómbolas, residencias convertidas en agujeros negros, inundaciones explicadas con informes e incendios con responsabilidades evaporadas con el humo.
Por eso hoy la gente ya no escucha una alerta como quien mira el tiempo. La escucha como quien oye crujir una viga. Porque nos han enseñado a desconfiar. Y eso es terrible.
Una sociedad no se rompe solo cuando ocurre una tragedia. Se rompe cuando, después de la tragedia, nadie paga el precio. Cuando todo el mundo hizo lo correcto, todo el mundo siguió el protocolo, todo el mundo actuó con responsabilidad… pero los daños, el barro, el miedo y los muertos los pone siempre el mismo: el ciudadano.
Así que sí, hoy se aplaza la fiesta. Y se aplaza bien, ¿eh? Porque prudencia no es cobardía.
Cobardía es esconderse detrás de un cargo. Cobardía es llamar alarmista al que tiene memoria. Cobardía es pedir calma desde un despacho seco.
El problema no es que tengamos miedo. El problema es que nos han dado motivos de sobra para tenerlo.
Y eso no cae del cielo. Eso se fabrica. Con negligencia. Con soberbia. Con mala gestión. Y con esa costumbre tan nuestra de convertir cada tragedia en una competición de excusas, cada error en un informe y cada responsabilidad en una pelota que va botando de despacho en despacho hasta que, con un poco de suerte para ellos y mucha desgracia para todos, acaba perdiéndose por el sumidero.

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