¿Harta cuándo?_ #La Tramoya
¿Hasta cuándo?
Hay días en los que uno mira la actualidad de este país y tiene la sensación de que no vive en una democracia madura. Bueno, ni madura ni inmadura. A veces parece que vive en una vergonzante república bananera con membrete oficial, ruedas de prensa y declaración institucional.
España amaneció ayer con un expresidente imputado: José Luis Rodríguez Zapatero.
Imputado no significa condenado, ojo. La presunción de inocencia existe, y debe existir, también para quien nos caiga mal. Pero la presunción de inocencia tampoco puede convertirse en presunción de idiotez para los ciudadanos.
Porque ya no hablamos de un caso aislado. Hablamos de un clima. De un olor. De una podredumbre institucional que ya no se tapa ni con incienso parlamentario.
Tenemos un Gobierno que muchas veces parece más ocupado en sobrevivir que en gobernar. Rodeado de investigaciones, nombres propios, asesores, comisionistas, antiguos cargos, familiares, sumarios y explicaciones que llegan tarde, mal y con cara de “aquí no ha pasado nada”.
Todo presunto, sí.
Todo pendiente de los tribunales, sí.
Pero todo demasiado repetido como para pedirnos que no olamos nada.
Y enfrente, ¿qué tenemos?
Una oposición que demasiadas veces parece limitarse a esperar turno. Que denuncia mucho, que señala mucho, pero que tampoco debería olvidar que M. Rajoy y compañía se comieron una moción de censura por una sentencia de corrupción.
Porque España no necesita solo cambiar nombres en los despachos. España necesita cambiar las reglas del juego.
Y luego está Hacienda.
Hacienda somos todos, dicen.
Sí.
Hacienda somos todos cuando hay que pagar. Cuando hay que responder, Hacienda es nadie.
Una ventanilla, un expediente, un silencio administrativo y una carta que te llega un viernes para estropearte el fin de semana y, si puede, la vida.
El caso Shakira ha vuelto a dejar en evidencia la maquinaria fiscal. Si puede equivocarse con alguien que tiene abogados, asesores y recursos infinitos, imaginen lo que puede hacer con un autónomo, una pyme o una familia normal.
Porque aquí el ciudadano vive bajo sospecha permanente.
Si te equivocas tú, multa.
Si se equivoca la Administración, paciencia.
Si llegas tarde tú, recargo.
Si llegan tarde ellos, procedimiento.
Si tú no puedes demostrar algo, culpable.
Si ellos no pueden demostrarlo, ya veremos dentro de ocho años.
Es obsceno.
El Estado exige una moral que no practica.
Y mientras tanto, el ciudadano mira, paga, trabaja, aguanta y escucha la cantinela de siempre: “dejemos trabajar a la justicia”.
Sí, dejemos trabajar a la justicia.
Faltaría más.
Pero dejad también de tratarnos como idiotas.
Porque la justicia no puede ser el único mecanismo de higiene democrática. Antes de que llegue un juez debería haber vergüenza. Antes de que llegue una imputación debería haber dimisiones. Y antes de que un sumario lo explique todo debería haber transparencia.
La pregunta no es si este caso acabará en condena o aquel otro en archivo.
La pregunta es otra:
¿Cuánto deterioro institucional estamos dispuestos a normalizar?
¿Hasta cuándo?
Y te lo pregunto a ti.
A ti, que excusas a “los tuyos” porque los otros también lo hacen.
A ti, que todavía crees que los que están por llegar van a ser diferentes.
O a ti, que te tragas las soflamas populistas de las extremas, da igual las de la banderita de España que las de la república, como si el grito fuera un programa electoral y la mala leche una solución.
Y sí, me lo digo también a mí.
A mí, que voy de listillo porque digo que no me trago las patrañas de ninguno y que no les voto.
Pero aquí estoy.
Permitiendo que me esquilmen la cuenta bancaria cada tres meses. Pagando como un corderito con domiciliación bancaria. Y farfullando pataletas de barra de bar para escupir la bilis.
Pues eso.
Que hasta cuándo.
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