La fRactura de la luz_#La Tramoya
Hay documentos que uno recibe en la vida y entiende más o menos.
Una multa, por ejemplo.
Te duele, pero la entiendes.
Una receta médica.
No entiendes la letra, pero entiendes la intención.
Una carta de hacienda.
Te asustas, pero sabes que algo malo viene.
Pero luego está la factura de la luz.
La factura de la luz no es un documento, es una trampa.
Tú la abres con buena voluntad, pensando:
“Voy a ver cuánto he gastado este mes”.
Error.
Porque la factura empieza muy amable: tu nombre, tu dirección, el periodo facturado… y de repente aparece un despliegue de conceptos escritos por alguien que odia profundamente la comunicación humana.
Potencia contratada. Energía consumida. Peajes. Cargos. Alquiler de contador. Impuesto eléctrico.IVA. Ajustes. Regularizaciones. Mercado libre. Mercado regulado.
Punta, llano y valle.
¡¿Punta, llano y valle?!
Que no sabes si estás pagando la electricidad o preparando una etapa de la Vuelta Ciclista a España.
Porque antes uno sabía más o menos cuándo gastaba luz.
Encendías la estufa: gastabas.
Ponías el horno: gastabas.
Pero ahora poner una lavadora ya no es una tarea doméstica.
Es una decisión estratégica.
Luego está lo de cambiar de compañía, todas las compañías te dicen lo mismo:
“Con nosotros vas a ahorrar”.
Todas.
Todas las compañías eléctricas del país están empeñadas en salvarte económicamente.
Es enternecedor.
Uno se imagina a los consejos de administración reunidos, muy preocupados:
“¿Cómo estará Rubén este mes? ¿Le habrá venido alta la luz? Vamos a cuidarlo, que bastante tiene con entender pagar el autónomo.
Y claro, te llaman, a cualquier hora, claro y desde cualquier país.
“Buenas tardes, le llamamos para mejorar su factura”.
Que ya la frase da miedito.
Porque nadie te llama para mejorar nada.
Si de verdad quisieran mejorar tu factura, no te llamarían: te la bajarían.
Pero no.
Te llaman.
Y empieza el interrogatorio:
“¿Sabe usted cuánto paga actualmente?”
“No”.
“¿Sabe qué potencia tiene contratada?”
“No”.
“¿Sabe si está en mercado libre o regulado?”
“Pero si yo a veces no sé ni en qué cajón están las pilas”.
Y entonces te ofrecen una tarifa maravillosa, irrepetible, exclusiva, personalizada… y probablemente incomprensible.
Porque esa es la clave: incomprensible.
Vivimos en una época en la que todo presume de transparencia.
Las instituciones son transparentes.
Las empresas son transparentes.
Los contratos son transparentes.
Los recibos son transparentes.
Sí.
Tan transparentes que no se ve nada.
Porque hay una diferencia enorme entre darte información y hacer que esa información se entienda.
La factura de la luz no es oscura porque falten datos.
Es oscura porque sobran conceptos.
Es como si para pagar un café te dieran un documento de siete páginas:
Base líquida tostada: 1,20.
Término fijo de taza: 0,15.
Peaje de cucharilla: 0,03.
Cargo regulado por espuma: 0,06.
Alquiler de platillo: 0,02.
IVA emocional: 21%.
Regularización del azúcar correspondiente al trimestre anterior.
Y tú dices:
“Perdona, ¿cuánto vale el café?”
“Depende de la franja horaria”.
Pues eso.
Que al final, la luz debería servir para ver y también la factura.
Y si no somos capaces de entender ni eso, igual el problema no es que nos falte energía.
Igual lo que nos falta es claridad.

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