Lo nuestro_#La Tramoya


 Lo nuestro

Hablar de “lo nuestro” siempre es un riesgo. En cuanto uno pronuncia esa expresión, aparece alguien dispuesto a ponerle una banderita encima, un partido debajo o una bronca alrededor. Y no va de eso. O no debería.

Lo nuestro no es una consigna. No es gritar más que nadie, ni sentirse mejor que nadie, ni repartir carnés de españolidad desde la barra de un bar, que es una de esas instituciones no oficiales donde este país ha legislado, juzgado, condenado y absuelto con una rapidez que ya quisieran algunos tribunales.

Lo nuestro es otra cosa. Es una manera de estar en el mundo. Es hablar alto y, a veces, demasiado. Es discutirlo todo, mucho, con una intensidad absurda, y acabar de risas sin recordar exactamente de qué discutíamos. Es convertir una sobremesa en una asamblea constituyente, una desgracia en un chiste torcido y una alegría en un ruido compartido que atraviesa tabiques.

Lo nuestro es la música cuando no sabemos explicar lo que sentimos. El flamenco, que no es postal ni tópico, sino una herida con compás. La copla, la rumba, el rock de barrio, las canciones que se cantan mal, pero se cantan con toda la vida puesta, porque sí, las penas también se espantan cantando, aunque desafinemos como si estuviéramos intentando taladrar una pared con la garganta.

Lo nuestro es reírnos incluso cuando no toca. O precisamente porque no toca. Ese humor nuestro, medio salvavidas, medio navaja. La guasa. La mala leche. El “anda ya”. El “verás tú”. El “esto acaba mal” justo antes de brindar.

También tenemos lo nuestro malo, claro. La envidia, la chapuza, el ruido, la picaresca cuando deja de ser ingenio y se convierte en jeta. Esa habilidad tan nacional para improvisar tarde, corregir peor y presentar el desastre como si formara parte del plan inicial. Tampoco conviene idealizarnos, que para eso ya están los folletos turísticos y los discursos con música épica de fondo.

Pero incluso ahí nos reconocemos. Porque lo nuestro no es perfecto, pero es reconocible. Está en una mesa llena, en una guitarra, en una plaza, en un amigo que, en las malas, no sabe qué decirte, pero se queda. Está en una carcajada en mitad del desastre y en ese “venga, va, que algo haremos” con el que hemos solucionado, o empeorado con dignidad, buena parte de nuestra historia reciente.

Lo nuestro no necesita himno, ni pancarta, ni discurso. Aunque, qué quieren que les diga, tampoco hace falta pitarlo todo para demostrar lo libre que uno es. Hay una extraña manía contemporánea de convertir cualquier símbolo en una trinchera, cualquier emoción en sospecha y cualquier gesto compartido en material inflamable para tertulias de griterío barato.

Y ahí conviene plantarse un poco. Sin solemnidad, pero con criterio.

Porque eso es lo nuestro. Esa mezcla imperfecta de música, risa, ruido, ternura, genio, desorden, alegría y mala leche. No dejemos que nos lo arrebaten los politicuchos de tres al cuarto, los demagogos de veinte duros que infectan las tertulias y los patriotas de escaparate.

Lo nuestro es demasiado grande para tanto personaje pequeño.

Y eso, qué carajo, no se toca.

Comentarios

Entradas populares de este blog

No siempre lo urgente es lo importante

Canela en rama_ #La Tramoya

Perfumando con incienso las cloacas_#La Tramoya