No voy a dimitir_#La Tramoya


NO VOY A DIMITIR

Ayer Florentino Pérez salió en rueda de prensa y a mí me pasó una cosa muy clara: me dio pena.


Y ojo, lo digo como madridista. 


Florentino está mayor.

Y eso no es un insulto, es la vida y son los 79 años que lleva en ella.


Pero hay formas de hacerse mayor.

Puedes hacerte mayor como quien acepta que ya no conviene subirte a una escalera.

O puedes hacerte mayor convocando una rueda de prensa para demostrar que estás hecho un chaval… y salir de allí dejando a media España preocupada y a la otra media celebrando tu decadencia.


Lo de ayer, bajo mi punto de vista, fue un suicidio social.

Una de esas comparecencias en las que alguien entra para apagar un fuego y sale chamuscado.


Y aquí viene lo importante: esto no va solo de Florentino.

Esto va de algo muy nuestro.


¿Que nos pasa con dimitir?

Aquí la dimisión es como el lince ibérico: sabemos que existe, pero verlo, verlo… cuesta.


Rubiales , Rajoy , Ábalos y el mas profesional: 

Pedro Sánchez no dimite, como mucho reflexiona cinco días, vuelve y te dimite a ti.


Y todos tienen una excusa.

Se quedan por responsabilidad.

Por el club, por el partido… por España.


Jamás por ego.


Qué curioso.

Nadie se queda nunca por ego.

Nadie dice:


“Miren, me quedo porque fuera del despacho hace mucho frio.”


Y ese es el problema.


Que el poder engancha.


Claro, yo como solo he sido presidente de mi comunidad de vecinos y se me hizo mas largo que un domingo sin fútbol, pues no lo entiendo, pero que te llamen presidente debe ponerte el cortisol y la dopamina por las nubes.



Debe ser duro volver a casa y que nadie se levante cuando entras al salón.


Y  le pasa a presidentes de clubes, a ministros, a presidentes del Gobierno, a federativos y al cuñado que organiza la paella familiar desde 1997.


Porque algunos no entienden que se puede haber sido muy importante y, aun así, sobrar ahora.


Bueno, otros de los citados no han sido importantes nunca y tampoco se van, pero eso es 


Pero haber sido imprescindible no te convierte en eterno.

Y haber levantado mucho no significa que no puedas empezar a estorbar.


Dimitir no siempre es admitir culpa.

A veces es admitir la realidad.


Pero claro, eso exige humildad.

Y la humildad en el poder dura menos que una toalla en una sauna.


La moraleja es sencilla:


El ego siempre llega tarde a su propia despedida.


Por eso conviene irse antes de que la gente deje de recordarte por lo que hiciste…

y empiece a recordarte por el día en que todos supieron que te tenías que ir menos tú.

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