Te hago un Bizum_#La Tramoya

 


Te hago un Bizum

Hay frases que explican una época mejor que un informe sociológico. Antes era “ya te invitaré yo otro día”. Luego llegó el “no llevo suelto”. Y ahora, la frase que resume nuestro tiempo es: “Te hago un Bizum”.

Una frase inocente, amable, moderna, casi familiar. Con Bizum hemos pagado cenas, cafés, cumpleaños, entradas de conciertos y esas pequeñas deudas que antes se perdían, felizmente, en la niebla de la amistad. Porque antes alguien te debía cuatro euros y aquello quedaba flotando. Había elegancia. Había misterio. Había una posibilidad razonable de olvido. Ahora no. Ahora te llega una notificación: “Paco te solicita 3,72 euros”. Paco, que ayer te abrazaba como un hermano. Paco, que decía “esto lo pagamos entre todos”. Paco, que ha dividido hasta el pan que no te comiste.

Bizum no ha cambiado solo la economía; ha cambiado la confianza. Antes era fácil identificar al tacaño, porque lo veías venir: el que iba al baño justo cuando llegaba la cuenta, el que decía “yo solo he tomado una caña” después de haberse apretado él solo media ración de bravas, el que sacaba la cartera despacio, como si estuviera desactivando una bomba.

Ahora, en cambio, todos somos contables. Todos llevamos una pequeña Agencia Tributaria en el bolsillo.

Y la noticia es que Bizum da un paso más. Ya no servirá solo para pagarle a tu cuñado la barbacoa. Ahora quiere entrar en supermercados, farmacias y tiendas físicas.

Antes Bizum era doméstico, de confianza, de grupo de WhatsApp.

Ahora va a ser industrial. Tú, frente al datáfono, con el móvil en la mano, pagando papel higiénico, dos yogures y un desodorante, y esperando que Mercadona conteste: “Recibido”.

Pero detrás del chiste hay algo serio. Estamos asistiendo a la desaparición lenta del dinero físico, como ya hicimos con la desaparición de las cabinas de teléfono.

Y ojo, que desaparecen cosas como el bote del bar, el sobre de la abuela, el “toma veinte euros y no se lo digas a tu madre”. Eso era economía sentimental.

Pero se está perdiendo algo más importante. Antes, cuando pagabas en efectivo, había duelo. Abrías la cartera y veías morir un billete.

Ahora pagas con el móvil y parece que estás abriendo la puerta de un garaje. Y ahí está el peligro: cuando el dinero deja de pesar, también deja de doler. Y cuando deja de doler, gastamos más.

Un café, una suscripción, una oferta, un antojo, un envío. Siete euros. Catorce. Veintinueve con noventa y cinco. Todo pequeño, cómodo y limpio. Hasta que miras la cuenta y descubres que también lo está: limpia. Limpia de vacía.

Pero lo más preocupante no es eso. Lo preocupante es que el efectivo molesta. Molesta a los bancos, a las grandes plataformas y a quienes quieren que todo quede registrado, medido y controlado. Porque el efectivo tiene algo incómodo: es libre.

Es imperfecto, sí. Viejo, también. A veces incómodo, vale. Pero es libre.

Tú pagas en efectivo y no dejas detrás un mapa completo de tu vida. No dices dónde has comprado, a qué hora, qué has comprado, cuánto gastas ni qué hábitos tienes. El efectivo es aquello de: “esto queda entre usted y yo”.

El pago digital, en cambio, es limpio, rápido y transparente. Tan transparente que a veces se nos ven hasta los gayumbos.

Así que no se trata de ponerse nostálgico ni de negar el progreso. Bizum es útil. Muchísimo. El problema no es poder pagar el supermercado con Bizum. El problema es que un día no podamos pagarlo de otra manera.

Porque cuando desaparezca el efectivo, que lo hará, no desaparecerá solo una forma de pago, sino también una pequeña forma de independencia.

Sí, se nos está esfumando la libertad. Y lo está haciendo a la misma velocidad a la que lo hacía un billete de 50 euros en el preciso instante en que lo cambiabas.


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