Thriller_#La Tramoya
El viernes vi en el cine la película de Michael Jackson.
Me gustó. Está contada rápido, quizá demasiado, pero escuchar las canciones de Michael Jackson en un cine siempre “es bien”.
Pero no voy a hablar de la película, voy a hablar del cine pero del cine como lugar.
De esa sala oscura donde antes, durante un rato, pasaba algo casi milagroso: se apagaban las luces… y la gente se callaba.
¿Pero qué nos está pasando?
¿Porque ahora vas al cine y no sabes si has entrado a ver una película o a una junta de vecinos con sonido envolvente?.
Está la señora que te hace los “comentarios del director”:
“Uy, qué malo es…”
“Al final lo matan…”
“Si es que se veía venir…”
Claro que se veía venir, Spielberg de pacotilla, si llevas media hora narrándonos la película como si fueras la audioguía de un museo.
Luego está el del móvil.
Ese faro humano que, en mitad de una escena oscura, desbloquea la pantalla y convierte la sala en una verbena.
O el que come palomitas como si estuviera sacando grava de una obra.
No come, hacer prospecciones petrolíferas en el cubo.
Mete la mano con una violencia arqueológica y mastica en Dolby Surround.
Ojo, que no estoy diciendo que no se coma en el cine.
No vamos a ponernos ahora intensitos, pero hay una distancia razonable entre comer palomitas y parecer un jabalí abriendo una bolsa de Doritos en una biblioteca.
Y luego están los niños.
Bueno, los niños no.
Los padres.
Porque el niño pregunta, se levanta, gira la cabeza, da patadas al asiento y comenta la película.
Pero el problema no es el niño. Es el padre.
El problema es que alguien tiene que explicarle que vivir en sociedad consiste en entender que alrededor hay más gente.
Y ahí está el asunto.
Nos pasa en el cine, en el metro, en un restaurante, en el teatro, en la sala de espera del médico y en cualquier sitio donde haya más de tres personas compartiendo oxígeno.
Hemos confundido libertad con hacer lo que nos da la gana.
Y eso no es libertad, eso es mala educación.
Quizá el cine nos incomoda porque nos exige algo que ya no soportamos:
estar quietos, escuchar. Mirar.
Y, sobre todo, aceptar que durante dos horas no somos los protagonistas.
El cine necesita espectadores no tertulianos ni comentaristas.
No faros humanos con tarifa de datos ni excavadoras de palomitas y tampoco padres en suspensión de funciones.
Porque cuando se apagan las luces, empieza una historia.
Y una historia necesita algo muy sencillo: que la dejemos hablar.
Así que quizá el problema no es que el cine esté en crisis.
Quizá el problema es que algunos han olvidado cómo se está en un sitio donde hay más gente.
Y eso sí que es una película de terror.
Ríete tu de Thriller.

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