El zapatero y el cofre de la abuela_#La Tramoya


Érase una vez un zapatero muy famoso que vivía en un reino donde todos hablaban mucho de honradez, de humildad y de hacer el bien.


El zapatero no arreglaba zapatos, pero daba lecciones y decía cosas como “que el era de tener poco y de dar mucho”


Un buen día, un malvado juez envío a sus guardias a registrar su castillo y encontraron un cofrecito.


—¿Y esto qué es? —preguntaron sorprendidos.


Y el zapatero dijo:


—Nada, nada. Cositas de la abuela.


Y todos imaginaron lo normal.


Un dedal, una medallita, un broche viejo, un reloj Casio 12 melodías …


Así que tasador real abrió el cofre, miró dentro, volvió a mirar, sorprendido se limpió el monóculo.


Y dijo:


—Majestad… esto no es el joyero de la abuela. Esto es la cueva de Alí Babá.


Había piedras brillantes, rubíes del tamaño de chupachups, zafiros, esmeraldas y diamantes para .


—Pero yo pensaba que valían poco —decía el zapatero- entre treiítamil y cincuenta mil maravedíes.


Claro, lo normal, ¿Quién no ha confundido alguna vez una fortuna con una pulserita de la yaya?


A mí me pasa mucho.


Y entonces empezó el baile.


—Era de familia.


—Era antiguo.


—Estaba guardado.


—No sabíamos.


—Nadie preguntó.


—Nadie miró.


—Nadie se dio cuenta.


Y el cofre, mientras tanto, brillaba y brillaba.


Brillaba tanto que el resplandor se veía desde la torre del Palacio de la Moncloa.


Y colorín colorado, este cuento no se ha acabado porque todavía tienen que aparecer los orcos del argumentario, los duendes de la fontanería, los príncipes encantados que nunca saben nada, las hadas madrinas que colocan informes debajo de la almohada y los trovadores del reino, esos que cantan cada mañana que todo es una campaña, una casualidad o una herencia mal explicada.


Pero, niños, niñas y claro que si, niñes, recordad la moraleja:


si en casa de la abuelita encontráis una mantelería, es una herencia.


Pero sii encontráis rubíes, zafiros, esmeraldas y diamantes por valor del producto interior bruto de Senegal, no llaméis a Caperucita.


Llamad al tasador.


Eso si, rápido, que si no se os adelantará el Lobo.






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