España va bien... o no_#La Tramoya



Hoy nos han contado que España va muy bien. Que hay más empleo, que baja el paro, que suben los afiliados, que la economía aguanta, que el dato es estupendo, que el mercado laboral está fuerte…


Vamos, que si escuchas la rueda de prensa sin mirar tu cuenta bancaria, te dan ganas de descorchar algo.


Luego miras la cuenta… y descorchas un mojón.


Porque esa es la España de hoy: la macroeconomía va en traje y la gente va mirando si puede pagar el dentista por fascículos.


El Gobierno te enseña un gráfico precioso, con una flechita hacia arriba, muy optimista, muy verde, muy de “vamos como un tiro”. Y tú miras la nevera y piensas: “Sí, como un tiro. Pero en el pie”.


Y ojo, que no digo que los datos sean malos. No lo son. Que haya empleo es bueno. Que haya afiliación es bueno. Que baje el paro es bueno.


Pero cuidado con medirlo todo solo por el empleo, porque entonces hacemos trampas.


En el siglo XIX, en las plantaciones del sur de Estados Unidos, también había pleno empleo.


Trabajaba todo el mundo.


El pequeño matiz es que aquello se llamaba esclavitud. Y no molaba nada.


De momento ya nos hemos acostumbrado a una cosa rarísima: a trabajar para empatar.


Empatar con el alquiler, con la luz, empatar con la compra, con la gasolina, con el banco, con el dentista, empatar con el seguro… Vamos, que con tanto empate cualquier día nos colocan de ministro de economía al Cholo Simeone.


Y mientras tanto te dicen: “La economía va bien”.


Claro.


Y te lo dice un señor con corbata que tiene pinta de no haber comparado marcas blancas desde la Expo de Sevilla.


La economía vive en los informes. Nosotros vivimos en los recibos. Esa es la diferencia.


En los informes todo sube de maravilla.


En casa también sube todo, pero sin tanta alegría.


Sube el empleo, sube la afiliación, sube el turismo, sube la recaudación, sube el alquiler, sube la compra, sube la luz, sube el gas, sube el pan… y sube el cabreo que me estoy agarrando mientras escribo esto.


Porque aquí hay dos países.


Uno es el del dato, el de la consigna, el del eslogan, el del gráfico bonito y la sonrisa de rueda de prensa.


Y el otro es el de verdad.


El de tu casa y el de la mía.


Porque el relato dice que vamos bien, la nómina dice que vamos justos, el alquiler dice que vamos vendidos y el supermercado dice que, como sigamos así, el salmón va a estar tan prohibitivo que hasta en los documentales de La 2 nos lo van a pixelar.


Así que sí, celebremos los buenos datos. Claro que sí. Pero sin tomarnos por idiotas.


Porque una economía no se mide solo por cuánta gente trabaja. Se mide también por cuánta gente puede vivir después de trabajar.


Y si trabajas ocho horas, cobras, pagas, corres, sobrevives y aun así llegas a final de mes con la dignidad envuelta en papel de plata… igual no estamos ante un milagro económico.


Igual estamos ante el truco más viejo del mundo:


el país presume de músculo…


mientras la gente levanta las pesas.


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