Festivales en modo avión_#La Tramoya
Ciudad moderna, abierta, cultural, mediterránea, joven, viva, internacional.
Pero en bajito, muy bajito.
Valencia quiere ser Berlín, pero con volumen de hilo musical de dentista.
Con lo del Festival de les Arts lo hemos vuelto a conseguir: hemos vuelto a hacer algo extremadamente difícil. Hemos montado un festival donde la gente no gritaba “otra, otra”.
Gritaba: “No se oye”.
Hemos creado un nuevo formato de espectáculo. Hemos inventado “la misa indie”.
Y ojo, que los vecinos tienen derecho a descansar, faltaría más. Nadie quiere vivir encima de un bombo. Bastante tenemos ya con los grupos de WhatsApp del colegio de los críos.
Pero claro, si vendes entradas, montas escenarios, anuncias artistas, llenas aquello de gente con pulsera, gafas de sol, cerveza caliente y ganas de corear canciones… lo mínimo es que se escuche algo.
Aunque solo sea por cortesía.
Porque si el público ha pagado por un concierto y acaba leyendo los labios del cantante, algo hemos hecho regular.
Al menos podían haber contratado a la chica que acompaña a Rozalén en los conciertos y traduce en lengua de signos.
Y lo peor es que en Valencia esto nos pega muchísimo.
Queremos turismo, pero sin turistas.
Queremos festivales, pero sin ruido.
Queremos terrazas, pero sin gente hablando.
Queremos una ciudad viva, pero con horario de tanatorio.
Y así es complicado, porque una ciudad viva hace ruido y molesta un poco.
Tiene conciertos, colas, motos, niños, bares, músicos, Fallas, mascletàs, gente que se ríe demasiado alto y señores que aplauden fuera de ritmo.
Una ciudad viva no suena como una biblioteca.
Otra cosa es que haya que ordenar ese ruido, ahí, si, ahí todos de acuerdo.
Pero ordenar no es llegar al festival y convertirlo en misa de doce, que había más decibelios en las vigilias esperando al Papa.
Ordenar es prever, planificar.
Hablar antes, medir antes, decidir antes.
Esa palabra tan exótica en España: antes.
Aquí somos más de después.
Después pasa algo.
Después nos enfadamos.
Después sale un concejal.
Después sale un comunicado.
Después se culpa a alguien.
Después todos tenían razón.
Y después el público se queda con la pulsera puesta y cara de haber ido al primer festival de la historia en modo avión.
¿Qué va a ser lo próximo? ¿Las Fallas sin petardos? ¿La Tomatina con tomates de goma EVA? ¿La mascletà por Bluetooth?
Y no, esto no va de barra libre de decibelios, insisto.
Va de no hacer el ridículo.
Va de no vender Valencia como ciudad cultural y luego tratar la música como si fuera un escape de gas.
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