Tatuaje_#La Tramoya




Vamos a hacer un reportaje en la Tattoo Convention.

Y esto tiene mérito, porque yo soy una persona a la que le gustan los tatuajes… pero desde lejos.


Como los toros, los volcanes y algunos familiares en Navidad.


Me gustan los tatuajes. Me parecen arte, personalidad, historia, identidad, memoria, rebeldía, estética… todo eso. Me parece precioso ver a alguien con un brazo entero tatuado, una espalda trabajada, una pieza japonesa, un retrato hiperrealista, una frase con significado…


Ahora bien.


En cuanto veo la aguja, se me va toda la cultura alternativa al garete.


Yo puedo estar delante de un señor tatuándose un dragón en las costillas durante seis horas y pensar: “Qué maravilla, qué fuerza, qué dominio del dolor, qué expresión artística”.


Pero si el tatuador me dice: “¿Y tú qué, te animas con algo pequeño?”


Yo digo: “Sí, claro. Una calcomanía. De las que venían con los chicles.”


Porque esa es mi relación con el tatuaje: respeto absoluto, admiración sincera y pánico medieval.


Hay gente que dice: “No duele tanto”.


Mentira.


Eso lo dice siempre alguien que ya está tatuado hasta el cuello y ha perdido la referencia del dolor humano normal.


Es como preguntarle a un faquir si pincha una chincheta.


“No, hombre, eso es presión.”


Presión la que me entra a mí cuando escucho la máquina.


Ese sonido.



Además, los tatuados tienen una relación muy rara con el dolor. Te dicen: “Al principio molesta, pero luego te acostumbras”.


Claro.


También te acostumbras a pagar impuestos y no por eso lo llamamos experiencia espiritual.


Hay gente que va a tatuarse tranquila. Se sienta, se arremanga, charla con el tatuador, mira el móvil, se toma un café…


Yo para hacerme una analitica me tumbo, cierro los ojos y aun así me he desmallado varias veces.


Porque yo lo tengo claro: mi problema no es el tatuaje. Mi problema es el proceso.


El resultado me gusta.


El camino no.


Es como hacer deporte: me encanta la idea de estar fuerte, pero me molesta muchísimo la parte de entrenar.


Con los tatuajes igual. Yo quiero aparecer ya tatuado, como por actualización del sistema.


Te duermes una noche y al día siguiente: “Enhorabuena, se ha instalado brazo maorí 2.0”.



El tatuaje ha pasado de ser cosa de marineros, presidiarios, rockeros y gente a la que tu abuela miraba como si viniera a robar cobre… a estar en todas partes.


Ahora lleva tatuajes el camarero, la médica, el profesor, la abogada, el entrenador, la madre del colegio, el concejal, el panadero y probablemente el director del banco que te niega el préstamo.


Eso sí: antes un tatuaje era rebeldía.


Ahora hay gente que se tatúa para encajar.


Vamos que ahora el rebelde soy yo, y eso también me encanta


Asi que nos vamos a la Tattoo Convention.


A mirar, a preguntar, a entender, a disfrutar del arte, del oficio, de la paciencia y de esa gente valiente que se sienta durante horas mientras alguien le dibuja en la piel con una aguja.


Yo estaré allí con admiración absoluta.


Sin tatuarme, probablemente.


Porque una cosa es apoyar la cultura del tatuaje y otra muy distinta es dejar que una máquina con sonido de dentista enfadado se acerque a mi cuerpo.


Pero nunca digas nunca.


Igual algún día me animo.


Algo pequeño.


Discreto.


Un punto.


Pero un punto con significado.


Un punto que diga: “Aquí estuvo Rubén… y pidió pausa para beber agua.”

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