TRAMP EL EMPATADOR_#La Tramoya




Hay empates que se celebran demasiado.


Y cuando alguien celebra demasiado un empate, conviene sospechar.


Porque una cosa es no perder y otra muy distinta es haber ganado.


Ayer lo vimos muy claro: cuando uno se cree superior antes de empezar, el golpe duele más. Sales convencido de que el rival es pequeño, de que la victoria está medio hecha, de que el peso de tu nombre basta para imponer respeto.


Y no.


El rival aguanta, se ordena, resiste y no se asusta.


Y entonces aparece el nerviosismo.


Primero dices que es cuestión de tiempo y al final acabas vendiendo el empate como una gran victoria.


Porque hay una habilidad muy moderna que consiste en no conseguir lo que prometiste y venderlo como si fuera exactamente lo que querías.


No doblegas al rival, pero dices que lo has contenido.


No impones tu fuerza, pero dices que has demostrado liderazgo.


No ganas, pero sales a la rueda de prensa con cara de haber levantado un trofeo.


Y claro, siempre hay quien lo compra.


Siempre hay hinchas dispuestos a aplaudir.


Siempre hay tertulianos explicando que no ganar también puede ser una forma sofisticadísima de vencer.


Siempre hay alguien dispuesto a convertir una frustración en estrategia.


Pero no.


A veces un empate es un empate.


A veces un bloqueo es un fracaso.


A veces creerte superior solo sirve para no ver que el otro no se va a rendir.



Y aquí viene el pequeño detalle:


yo no estaba hablando de España y Cabo Verde.


Estaba hablando de Trump.


De Irán, de Cuba, de Venezuela.


De esos frentes que se abren con mucha bandera, mucho gesto de fuerza y mucha promesa de victoria rápida.


Y luego la realidad hace lo que suele hacer la realidad: no obedecer al discurso.


Irán no ha sido doblegado.


Cuba sigue sin caer.


Venezuela no ha entregado las llaves.


Y, aun así, Trump sale a venderlo como si hubiera ganado una guerra, firmado la paz mundial.


Pero hay una diferencia importante.


En el fútbol, vender un empate como victoria da cierta vergüenza.


En política internacional, deja heridas abiertas.


Porque el peligro no está en ganar o no.


Está en dejar conflictos vivos, infectados, supurando debajo de la alfombra, mientras sales a decir que todo ha sido un éxito.


Eso no es liderazgo.


Es prender fuego a una habitación, cerrar la puerta y presumir de que ya no se ve el humo.

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