Verano, cuartos de final y Butragueño_#La Tramoya
Hoy empieza el Mundial.
Y eso, para los que tenemos una edad, sigue significando algo especial.
Aunque ahora haya partidos a todas horas, aplicaciones, resúmenes, estadísticas, cámaras en el vestuario, mapas de calor y jugadores que parecen diseñados por una inteligencia artificial japonesa, un Mundial sigue teniendo algo de infancia.
De ese momento en el que uno vuelve, aunque sea un rato, al niño que miraba la pantalla pensando que aquello era lo más importante del planeta.
Mi primer Mundial, el que recuerdo así, como entre niebla, cromos y bocadillo, fue México 86.
Maradona, la mano de Dios, el gol del siglo, Butragueño metiéndole cuatro a Dinamarca y España haciendo lo que España hacía entonces: ilusionarte lo suficiente para luego romperte el corazón, con furia, eso si.
Aquello era muy nuestro.
España siempre era favorita, pero para nosotros.
Para el resto del mundo era una selección simpática, competitiva, con buenos jugadores y una capacidad extraordinaria para volver a casa justo cuando empezaba lo serio.
España y los cuartos de final tenían una relación tóxica.
Pero el Mundial que yo viví de verdad, el que me pilló ya con la conciencia futbolera encendida, fue Italia 90. Italia 90 fue otra cosa.
Fue el Mundial de las noches, de la épica, de las camisetas anchas, de la coleta de Baggio, de los porteros con pinta de haber venido de arreglar una caldera y de futbolistas que parecían señores de cuarenta y siete años aunque tuvieran veintiocho.
Eso también ha cambiado muchísimo. Antes los futbolistas tenían aspecto de adultos peligrosos.
De hombres que podían jugar un Mundial por la tarde y al día siguiente ayudarte a subir una lavadora a un cuarto sin ascensor.
Ahora muchos parecen salidos de un manga de Akira: cortes de pelo imposibles, cejas perfectas, tatuajes milimétricos, piel hidratada y cara de que antes de salir al campo han pasado por iluminación, maquillaje y tres filtros de Instagram.
Y ojo, juegan mejor, corren más, se cuidan más y tácticamente son máquinas.
Pero aquel fútbol tenía algo salvaje, algo imperfecto, algo de barrio y de barro que se nos ha ido perdiendo entre el VAR, los porcentajes de posesión y los comentaristas que dicen “ocupar espacios” o “falso nueve”.
Italia 90 fue Schillaci, fue la Alemania de Matthäus, fue Argentina sobreviviendo a golpe de Maradona, fue esa sensación de que el fútbol aún tenía misterio. De que no lo sabíamos todo antes de que pasara. De que un jugador podía aparecer de la nada y quedarse para siempre en tu memoria.
Y nosotros, claro, seguíamos con la fe intacta.
España siempre tenía equipo, siempre era favorita , pero en realidad no lo fue hasta 2010.
Y ahí cambió todo.
Desde entonces ya no vamos al Mundial diciendo “a ver si este año pasamos de cuartos”.
Ahora vamos diciendo: “Podemos ganar.”
Y eso mola, pero también es un problema.
Antes España caía en cuartos y decíamos: “Bueno, lo de siempre.”
Ahora España empata un partido y ya estamos convocando un gabinete de crisis, cambiando el sistema y preguntando si falta liderazgo, gol, carácter, físico, alma, nueve, diez, extremo, pivote y un chamán.
El fútbol ha cambiado.
La selección ha cambiado.
Nosotros también.
Y quizá por eso hoy, cuando empieza otro Mundial, me hace gracia mirar a mis hijos y verles con esa ilusión que yo tenía.
Ellos no vivieron a Butragueño contra Dinamarca, ni a Julio Salinas tropezarse una y otra vez frente al portero, no lloraron el codazo de Tassotti a Luis Enrique ni tuvieron pesadillas con Al-Ghandour pero cuando empieza un Mundial, algo se enciende igual.
Y aunque el fútbol de ahora parezca a veces una mezcla de manga japonés, fondos de inversión y gimnasio de lujo, cuando rueda la pelotita seguimos cayendo en la misma trampa maravillosa.
Creer.
Que en el fondo, para eso sirve un Mundial.
Para volver a creer durante noventa minutos, que esta vez, si, esta vez ganamos.
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